jueves, 11 de abril de 2013

A mí no me poseyeron


La argentina Betina González (Buenos Aires, 1972) es la primera escritora en ganar el Premio Tusquets de novela con la obra Las Poseídas, un relato ambientado en la Argentina que dejó atrás su relación con la dictadura militar y enmarcado en el interior de un colegio religioso de monjas. La autora utiliza recursos de la literatura gótica, donde aparecen espíritus, muertes en el campanario y también en otras zonas privadas de sus habitantes, como el despertar sexual. Una novela de iniciación, cientos de veces narrada, sobre la adolescencia y la vida en un colegio interno. Aquí el personaje más denso y complejo es Felisa, llena de misterio y extraña vida interior, que acapara el centro de atención del resto de las alumnas, y, por otro lado, López, la narradora, quizás el personaje más matizado y creíble de todos los que desfilan por la historia.

O yo no he leído debidamente esta novela, con un trasfondo tan tópico y archiconocido sobre lo que se cuece en un internado, o quizás el libro no me haya seducido en su trama tejida, a mi juicio, de un modo liviano. No veo que las intenciones de la autora  hayan sido suficientes para alcanzar una narración que sorprenda, a pesar de que el prestigioso jurado del premio sí parece haberla estimado, refrendando la calidad de esta novela con el galardón del certamen.

Me viene a la memoria, salvando las distancias, la polémica surgida en el año 2005, relacionada con el premio Planeta que se otorgó a la escritora María de la Pau Janer con su novela Pasiones romanas, protagonizada por Juan Marsé, que presentó su dimisión como miembro del jurado por el bajo nivel de los finalistas del certamen, con unas declaraciones que llenaron de titulares la prensa nacional: “Desde el punto de vista comercial el Premio Planeta funciona, pero desde la óptica literaria es más que dudoso

Aquí, en esta concesión, Juan Marsé, miembro también del jurado, otorga a Las Poseídas una calidad literaria suficiente para la obtención del galardón. La escritora argentina tiene oficio, es capaz de transformarse en una quinceañera de forma convincente, y la narración es amena. Pero el problema de Las Poseídas está en que no es una historia con la fuerza y la intensidad que le exige un galardón de esta categoría. La relación de la narradora y Felisa, la chica atormentada y rebelde, deriva en lo tópico: el vandalismo juvenil y las incógnitas del sexo.

En resumen, una novela poco original sobre chicas rebeldes y problemáticas narrada de forma convencional. Me temo que la lectura de esta propuesta narrativa no habrá dejado entusiasmo y regusto en los que, como yo, quisieron encontrarlo en sus páginas. Francamente, Las Poseídas no me poseyeron.