martes, 22 de noviembre de 2016

Derrumbe y crispación

Es extraordinario cómo pasamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oídos entorpecidos y hasta los pensamientos aletargados, escribe Joseph Conrad en su novela Lord Jim. Cuando las cosas han sucedido de una cierta manera nos convencemos de que tenían que suceder así, y entonces comprobamos que lo que dejó escrito el novelista polaco recobra vigencia en cualquier época y circunstancia adversa de la vida.

Todo cambia muy rápido y muy poco tiempo después ya nadie recuerda cómo eran antes las cosas y, por lo tanto, cree que han sido siempre así y que por sí solas se mantendrían invariables. En tiempos de abundancia nada importó demasiado mientras hubo dinero. Nada importaba de verdad. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones –subraya Muñoz Molina en su incisivo libro Todo lo que era sólido (2013)–, o por ignorantes o por gente que reunía los tres atributos a la vez: por mal que lo hicieran los gobernantes, la economía prosperaba empujada por el doble espejismo del dinero barato y de la burbuja inmobiliaria. El dinero parecía caer de los árboles, hasta que llegó el vendaval financiero y quebró todas sus ramas.

Muchos libros se han escrito sobre la crisis financiera de esta última década e, incluso, se habla de novelas de la crisis, un fenómeno surgido durante este período de derrumbe económico que a tantos españoles arrojó al paro y a la desesperación. Escritores veteranos como Pedro Ugarte con El país del dinero (2012) o el desaparecido Rafael Chirbes con su novela En la orilla (2013) lo contaron con maestría desde el simbolismo de la antorcha del bienestar social que aparentemente imperaba y su reverso inseparable: la codicia que todo lo convertiría en fatalidad y abismo. Pero también escribieron del asunto autores jóvenes como Isaac Rosa en La mano invisible (2011), Pablo Gutiérrez en Democracia (2012) o Elvira Navarro en La trabajadora (2014), tres novelas fijadas deliberadamente sobre el eje de la debacle económica, la misma que desencadenaría la precariedad laboral y el desencanto social que aún perdura.

Ahora que se oye en algunos medios que lo malo ya pasó, y que la recuperación económica se deja ver, aparece Asamblea ordinaria (Libros del Asteroide, 2016), de Julio Fajardo Herrero (Tenerife, 1979), una novela que viene a proyectar las derivaciones y los efectos que todavía persisten, provenientes de esa realidad ya mencionada por las anteriores obras, eligiendo para ello la profundidad de los aprietos económicos que acucian la vida de sus personajes. Al escritor canario le basta poner ante el lector tres historias independientes, en tres grandes ciudades, capitalizadas por unos seres lastrados por la inconsistencia de sus vidas laborales, para mostrarnos las consecuencias afectivas, familiares y morales derivadas de la precariedad económica y social por la que atraviesan todos ellos en las diferentes geografías que habitan. Para conseguirlo, el autor se ampara en un recurso técnico audaz e imaginativo que sorprende al lector en los primeros capítulos. Cada uno de ellos alterna con una de las historias sin ninguna indicación explícita para el lector. Los treinta y seis episodios que conforman la obra se van dando paso unos a otros constantemente sin dar un respiro al lector. Todo parece articulado desde un artificio controlado y medido. Quizás este deliberado contrapunto impuesto al lector al tener que dejar una voz narrativa para entrar en otra en pocas páginas, exija al principio más atención de la cuenta. Después uno se acostumbra y supera esta pequeña dificultad. Las tres historias no guardan relación unas con otras, incluso están narradas en las tres voces literarias posibles, solo les unen la polaridad del contexto social común y todas convergen en el mismo marco temporal, aunque en puntos distantes, todo calculado para mostrar que lo que sucede en cada lugar es un problema colectivo que se repite en cualquier punto del mapa.

La primera de ellas está contada en primera persona y narra la historia de una mujer casada con un hombre en paro, sin cualificación laboral, que encuentra un afán liberador en los círculos de los nuevos partidos emergentes para justificar su existencia anodina y el fracaso estrepitoso de su vida en pareja. La segunda, escrita en segunda persona, versa sobre la fascinación que a un informático ingenuo y ambicioso le produce su jefe, un joven cercano y divertido, que irá aminorándose al tiempo que lo hacen sus condiciones salariales. La última de ellas, narrada en tercera persona, trata sobre un joven desempleado al que las circunstancias le obligan a instalarse en la casa de una tía suya, viuda, para sortear la penuria del momento.

Esta segunda novela de Fajardo aúpa su corta trayectoria literaria. Conviene, por tanto, no perderle de vista. Son muchos detalles valiosos los que el tinerfeño despliega en esta entrega: su tono narrativo es uno de sus logros, su estructura singular, su lenguaje conciso y claro también conforma un sumatorio destacable que prueba su valía y todos ellos constatan la importancia que tiene siempre la argucia formal a la hora de contar una historia, o tres en una, como es el caso que nos ocupa, para involucrar al lector en el interés por la aventura que se le ofrece.

Asamblea ordinaria es por todo ello una novela meritoria, un relato eficaz sobre la cruda realidad del momento económico que atraviesa la sociedad española, filtrada a través de una prosa depurada e incisiva que lleva al lector a palpar la conciencia de los seres que la habitan, personajes anónimos que declaran su malestar y crispación social en nombre de toda esa ingente cantidad de ciudadanos silenciosos, inmersos en igual derrumbe y precariedad.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Españoles en la URSS

El triunfo en octubre de 1917 de la revolución bolchevique en Rusia, liderado por Lenin y Trotski, creó un nuevo tipo de Estado, un régimen de repúblicas soviéticas que no solo cambiaría rotundamente el orden político y social de la nación más extensa y diseminada del continente europeo, sino que desataría recelo e interés máximos en el resto de los países del viejo continente, así como en muchos viajeros que no dejaron pasar la oportunidad de pisar tierras rusas para comprobarlo y, después, contarlo.

El próximo año, por tanto, se cumplirá el primer centenario de aquel trascendental acontecimiento histórico. El libro que acaba de publicar recientemente el sello Fórcola en su colección Periplos, El espejo blanco, del escritor e historiador Andreu Navarra (Barcelona, 1981) es un anticipo audaz a lo que se espera en fechas venideras: un aluvión editorial en los escaparates de las librerías en torno a la revolución bolchevique.

El libro de Navarra, en todo caso, propone un examen exhaustivo sobre el interés desatado por la revolución rusa en las esferas políticas e intelectuales españolas de aquel entonces, a través de la opinión de ilustres y distinguidos viajeros que se acercaron al territorio soviético para comprobar, in situ, el alcance de la revolución que llevaron a cabo sus líderes en las instituciones, el ejército y la policía, así como también, los excesos que la misma derivó sobre el resto de sus habitantes.

La influencia de la iconografía soviética en el imaginario colectivo de la izquierda española tiene su lado benevolente. Situadas a uno y otro extremo del continente europeo, Rusia y España, tan distintas entre sí, históricamente se han dispensado mutua simpatía. Desde el siglo XVI iniciaron relaciones comerciales, y, en el siglo XIX, llevaron a cabo numerosos contactos e intercambios culturales que se acrecentaron tras la revolución de 1917 y mucho más durante el período de la II República española. Bien es cierto que hubo viajeros e intelectuales de izquierdas españoles que tuvieron información de primera mano, mantuvieron lazos fraternales con la Unión Soviética e intentaron difundir su cultura en nuestro país.

En esta monografía, dividida en siete capítulos bien delimitados, tras una elocuente introducción para situarnos en el propósito del texto, el historiador barcelonés indaga en las diferentes razones de la extensa lista de viajeros que vieron, desde sus diferentes convicciones personales, lo que sucedía con aquel detonante revolucionario que a muchos de ellos les pareció urgente y necesario, habida cuenta del “contexto de ruina y agotamiento extremos” dejado por el mal gobierno zarista, pero a otros, pese a ello, lo que vieron les resultó un atropello cruel y contradictorio, impropio de un verdadero ideal comunista: el sometimiento feroz de sus habitantes a los designios del partido.

A Moscú, nos cuenta Navarra, llegó el novelista Juan Valera a curiosear el costumbrismo ruso, Francesc Maciá fue en busca de apoyo financiero a su movimiento revolucionario separatista, el republicano Luis Morote se desplazó con ojo crítico y habló en su libro de viajes de la situación rusa desde su óptica regeneracionista. Ángel Pestaña, en cambio, acudió en 1920 a una misión especial: adherir a la CNT a la Tercera Internacional. Las conclusiones del dirigente español al ver lo que allí se cocía en las alturas del poder fueron bastantes desfavorables. Sin embargo, Andreu Nin conoció a fondo los entresijos del poder en la Rusia soviética y fue el que más claramente se alineó con el comunismo incipiente. Ramón J. Sender, otro ilustre viajero, escribe lo siguiente: “en Moscú no se sabe dónde acaba el obrero y dónde comienza el soldado”. Fernando de los Ríos, por otro lado, hombre templado y racional, llega a la capital rusa en representación de una comisión socialista y escribe categóricamente en su libro de viajes: “Rusia intenta construir una Sociedad-estatal, más bien que un Estado-social”...

Son muchos los testimonios sobre las sensaciones y evidencias vividas por los intelectuales y políticos que se nombran. Todos ellos, algunos muy prosoviétivcos, escribieron sobre su estancia en aquellas tierras; hombres y mujeres que plasmaron sus entusiasmos o decepciones con el acontecer de la esperanza comunista, como Chaves Nogales, Josep Plá, Álvarez del Vayo, Dolores Ibarruri, Dionisio Ridruejo, Monserrat Roig o Vázquez Montalbán, y que pusieron su acento crítico o condescendiente en todo lo que veían y oían en la calle o dentro de los círculos dominantes, así como lo que se vislumbraba en el devenir de la llamada dictadura del proletariado.

En suma, El espejo blanco es un texto documental revelador, que no precisa de un lector especializado, pero al ser un libro minucioso y perspicaz rehúye de cualquier lector perezoso. Andreu Navarra firma un estupendo ensayo en el que su verdadero valor reside en el rigor de los archivos históricos que maneja, un conjunto bien armado de citas y notas que, a su vez, ponen voz a figuras relevantes de la reciente historia española del siglo pasado para conocer sus puntos de vista sobre el acontecer de la nueva Rusia revolucionaria y comunista. En 1989 la URSS se desintegraría, quién lo diría, y las esperanzas de los demás regímenes comunistas satélites se desvanecerían irremisiblemente, de igual modo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Abundancia poética y meditativa

No hay dicha mayor para un lector que haber estado ocupado libremente un tiempo entre las páginas de un buen libro. Si se lee por placer hay que obedecer a las leyes del placer, la primera de las cuales, y tal vez la única, es la ley de la libertad. Cuando llega el hallazgo de ese gran momento que otorga la lectura cálida de ese buen libro, lo que ocurre es algo parecido a la sensación urgente de un rescate, de una oportunidad propicia que, aunque no certifique salvación de nada, atisba posibilidades de recompensa.

Los libros, por tanto, nunca son libros a secas: siempre son buenos o malos, o se sitúan en la extensa medianía. La literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, está ahí para descubrirse y ser juzgada por el lector. La buena literatura abre los ojos y abre caminos llenos de incertidumbre, y por eso es lo más parecido a la vida.

El lector que se adentre en este libro que mostramos hoy en el blog podrá entender lo dicho anteriormente e, incluso, podrá justificar el interés desplegado por su editor, Andreu Jaume, en el preámbulo. Poesía reunida. Aforismos (Lumen, 2016) conforma un volumen en el que podemos encontrar suficiente rescoldo filosófico a los asuntos candentes de la vida, expuestos en poemas indagatorios o en minúsculas breverías. Aquí se aglutina, por ende, la trayectoria poética y meditativa de Ramón Andrés (Pamplona, 1955) dispuesto en dos bloques bien complementarios: sus poemas y sus sentencias. Es un libro hermoso y sabio, editado con primor y con mucho gusto, que ofrece diálogo e introspección en abundancia.

Andrés, además de poeta y aforista, es músico, especialista en Bach y Mozart, entre otros compositores, autor del Diccionario de música, mitología, magia y religión (2012), un libro revelador y curiosísimo. En este mismo género ensayístico cuenta también con incursiones en el territorio de la filosofía y el pensamiento, y también escritos sobre la literatura espiritual europea y española, como es el caso de No sufrir compañía (2010), un tratado, a su vez, sobre la mística del silencio.

El libro se divide en dos partes: la primera es un compendio de su poesía inédita y la ya publicada con anterioridad, y la segunda está dedicada íntegramente a los aforismos, con tres secciones bien diferenciadas, como expongo más adelante.

La voz que transita por su poesía concita a la reflexión y a la quietud: “Quien empieza a escribir este poema/ y el que va a terminarlo/ no son el mismo hombre./ No lo serán, ni en el tiempo,/ ni en el espacio”, escribe el navarro. Y en otro poema más existencialista si cabe, titulado Siempre Génesis, que además pone nombre a su último libro, subraya: “No haber engendrado/ también es dar./ Nadie pasa sin haber legado, nadie/ carece de sonido./ No hay yermo estéril si alguien lo mira”... En otros, la naturaleza y el origen de sus versos tienen como escenario su tierra natal y el territorio vasco, como se muestra claramente en Faro de Selokozulua, Para mirar desde el monte Larrún o Puerto de Mundaka.

La segunda parte del volumen ofrece toda su producción aforística: Puntos de fuga (2012-2015), Malas raíces (2010-2015) y Los extremos (Lumen, 2011), una amplia profusión de frases felices, verdades irónicas y burlas sublimes. Andrés se mueve por este género con audacia, sin escurrirse hacia la ocurrencia fácil, ni caer en la máxima ampulosa. El énfasis de sus hallazgos lo ponen sus vislumbres filosóficas extraídas de lo cotidiano: “El mundo no nos puede sacar de dudas, un libro tal vez sí”, alumbra en una de ellos. “La muerte no está al final de la vida; está en su centro”, apunta en otra. “Pensar significa, casi siempre, apropiarse”, subraya con mimo. Y en esta: “Los errores fundamentales del género humano son la base de nuestras verdades”, rescata otra verdad filosófica, o bien suelta una perla lapidaria como esta: “Un buen libro es siempre una impugnación”. Por otro lado, conviene destacar la singularidad de los aforismos reunidos en Malas raíces, todo un ejercicio etimológico encomiable, divertido y perspicaz. Más allá de desmenuzar el origen de las palabras sometidas a reflexión y sentencia, Ramón Andrés se acerca certeramente y con gusto a las etimologías eruditas y populares de sus hallazgos.

La poesía y los aforismos reunidos en este libro está en consonancia con ese espíritu propio mostrado por el autor en su obra ensayística, es decir, en ambos casos, el poeta se interesa en indagar lo secreto, explorar el pensamiento desde el silencio y poner razón poética en todo lo aprehendido.

En un mundo donde todo debe cumplir una función, también tenemos necesidad de lo inútil, de la literatura, como evasión y entretenimiento, como introspección y diálogo. Persistir en ello es abastecerse de buenas lecturas. Este libro precisamente va en esa dirección.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Rompiendo el hielo

Contrariamente a lo que piensan muchos, no se escribe para entretener, aunque la literatura sea de las cosas más entretenidas que hay a nuestro alcance, ni siquiera se escribe para eso que se llama “contar historias”, aunque la literatura, ciertamente, está llena de relatos geniales. No –dice con rotundidad Vila-Matas en Kassel no invita a la lógica (2014)–: “Se escribe para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu de otro y quedarse allí, para conmocionarlo, para conquistarlo...”

Hermano de hielo (Alpha Decay, 2016), de Alicia Kopf, nombre artístico de Imma Ávalos (Gerona, 1982), nos traslada con su primera novela a la verdad secreta que promete ese espíritu vilamatiano, tan afín a ella, sobre la razón de escribir y su sentido de romper el hielo. Kopf, contraria a ese victimismo de muchos de no poder contar su propia historia, se anima a ello yendo al centro de su intimidad contándonos una historia suya, pero desvelándonos primeramente su fascinación por aquellos grandes exploradores polares hechizados por el hielo, a los que nos aproxima narrando sus logros, hasta recalar después en el hogar de su vida familiar, en los detalles pequeños que todos observamos en la vida diaria, así como en las vicisitudes familiares que cada uno sobrelleva a su modo. Para simplificarlo, llamemos a cada una de estas observaciones una experiencia sensorial propia. La singularidad de cada una de estas sensaciones, y el modo en que la autora las superpone con las experiencias vividas, forman la base de la comprensión y disfrute de este collage narrativo.

Este libro, galardonado con los Premios Documenta 2015 y Llibreter 2016, este último concedido por el gremio de libreros de Cataluña, y editado con primor y gusto encomiable, es, por un lado, un viaje simbólico que hace la autora al casco polar, a través de distintos pasajes donde cuenta las hazañas llevadas a cabo por sus exploradores más emblemáticos y, por otro, una escapada solitaria y liberadora a Islandia. En ambos casos, persiste un afán de indagar y de confrontar las metáforas de todos estos retos en condiciones extremas con las propias dificultades de la vida y, especialmente con asuntos propios que se rebelan en cada caso como preocupaciones generacionales de todas las épocas: la familia, la identidad, el aislamiento, la precariedad, el riesgo o el fracaso. “En las diversas perforaciones a través de los estratos del hielo –confiesa la narradora–, llegué al origen más primario de todos nosotros, la familia”.

Kopf utiliza la biografía como material narrativo y, aunque el título lo sugiere y el libro esté dedicado a su hermano autista, la intención de la escritora no es tanto escribir sobre él, sino explorar con intensidad el espacio polar existente a través de las expediciones históricas de Scott, Amundsen, Shackleton o Louise Boyd, la primera aventurera en sobrevolar el eje de rotación de la Tierra, como metáfora de toda obsesión épica y de toda lucha interior. Quizás lo más significativo del texto sea su empeño entusiasta por hacer explícito el concepto que lo motiva, el origen del proyecto narrativo y la manera singular de plasmarlo literariamente: una primera parte documental, otra autobiográfica y la última, la más breve, relatada como un diario de viaje.

En Hermano de hielo hay, por tanto, auto-ficción y ensayo, pero también crónica, memoria y diario, con la intención decidida de secretar una historia íntima y familiar. Kopf, que se pregunta si al leer a los demás nos leemos a nosotros mismos y se cuestiona si es “hacia dentro o hacia delante donde miramos cuando escribimos”, hasta llegar a la conclusión de que no se escribe sólo por gusto propio, sino que quien escribe de verdad tiene conciencia de no estar solo en el mundo y, a ella en particular, como dice en la posdata final, este libro le ha supuesto una exploración y un alumbramiento necesarios.

Alguien dijo que escribir es hablar sin ser interrumpido. Alicia Kopf se apura en ello a sabiendas de que después del silencio, la voz es lo único que no le debemos a nadie. “Escribir –confiesa– es como tener un hacha con la que romper el mar helado que nos habita”.

Hermano de hielo es un artefacto literario sorprendente muy bien escrito, una novela simbólica, vívida y nada convencional, con mucha significación artística, que no dejará indiferente a quien se embarque en la travesía que propone: un viaje, sobre un iceberg narrativo, henchido de literatura, obsesiones, afectos y conquistas personales.


lunes, 31 de octubre de 2016

Los avatares de la memoria

Luis Landero, al que siempre leo con placer, escribe: “En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, los vestigios de ciertos afanes que un día nos conmovieron y que luego, tras ser devastados por el tiempo, con los materiales de sus ruinas construimos nuestro modo de ser y de sentir, y lo más valioso y secreto de nuestro bagaje cultural”.

Toda literatura es un testimonio de la vida que persigue siempre revelarse. Toda narración, incluso aquella que pretende imitar la vida, es una ficción, un artificio en busca de esa meta, que no es otra más que desvelar una experiencia. El escritor, por tanto, sale al mundo con sus pormenores del pasado, su vida presente, su mirada, sus lecturas, y lo que nos devuelve es una visión de la vida.

Partiendo de esta premisa, Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954) se enfrenta en Lo que olvidamos (Anagrama, 2016), su última novela, a un tema universal: el paso del tiempo. A partir del dolor producido por los estragos de la memoria de su madre, Díaz-Mas construye dos relatos alternos, con asombroso afán de fidelidad, en los que el pasado reciente familiar y la convulsa historia colectiva de un momento clave en la incipiente democracia de nuestro país marcarán la hoja de ruta de su pieza literaria, un libro intimista y emotivo. En esa confluencia personal y política, la propia experiencia de la narradora se transforma, a la postre, en experiencia de todos.

El resultado es un libro absolutamente conmovedor, escrito con un pulso narrativo encomiable y con un título contundente, sin ambages. Lo que olvidamos es un relato breve, registrado en setenta y cinco entradas, que aborda ese surco devastador referido a la pérdida de memoria de una persona que se produce al llegar irremisiblemente a una edad avanzada. Bajo esta evidencia vital, la autora, sin tener que nombrarla, aborda el alzhéimer, una de las enfermedades más crueles y tristes del momento e imparable, a causa del incremento de una población cada vez más envejecida.

Díaz-Mas reconstruye esa experiencia dolorosa a través de su voz narrativa, que comienza con la visita al geriátrico donde reside su madre, una anciana maltrecha y extraviada por la enfermedad del olvido. Allí, en el patio donde se reúnen los internos de la residencia, también dará cuenta de los penosos y entrañables encuentros con algunos de ellos. A partir de la realidad del presente, la protagonista rescata su vida pasada, recordando algunos pasajes de su infancia, entremezclados con estos pequeños momentos del presente que le resultan tan reconfortantes en compañía de su madre. Este sentimiento encontrado, entre la realidad patética e inexorable que soporta y el pasado melancólico de sus vivencias, conforma también otra de las claves del libro, como se verá más adelante, cuando la narradora vaya incorporando más y más recuerdos, hasta confluir en un hecho histórico y trascendental, como resultó que a sus veintisiete años fuera testigo, a pie de calle, de aquel ominoso intento de golpe de estado que tuvo lugar en el Congreso de los Diputados en febrero de1981.

En esta historia personal, familiar y colectiva planea una constante necesidad por recuperar la memoria de nuestros seres queridos en ese destino común, que no es otro que compaginar la tierra donde crecimos con la gente y sus cosas. Y como las cosas son tozudas e insisten en sobrevivir –según nos refiere su protagonista– pueden apañárselas muy bien sin nosotros, sus antiguos poseedores, y reencarnarse en numerosos avatares. Al final, la narradora de esta novela sentencia que la vida de las cosas se nos escapa sin que podamos evitarlo.

Lo que olvidamos es un testimonio sincero en ese sentido pero, sobre todo, es una honda narración, una sentida e intensa historia sobre las intermitencias de la memoria, sobre el olvido y, también, sobre el valor de las pequeñas cosas que nos rodean para, al mismo tiempo constatar que el presente también se nutre de dichos recuerdos y goza de su legado.



lunes, 24 de octubre de 2016

La soledad de los días

Los buenos libros funcionan siempre, nos dice Iñaki Uriarte en sus Diarios. “Lo que sucede –añade–, es que los buenos libros tratan siempre de lo mismo, de unas pocas cosas que no sólo son las más importantes, sino que son las cosas que nos pasan todos los días”. La enfermedad, el hastío, el amor, la violencia o la soledad son algunos de los más nombrados.

La soledad, en concreto, tiene la particularidad literaria de predisponer al lector con cierta generosidad ante el infortunio que padece el personaje de la novela que lleva entre manos. El lector sabe por experiencia que, además, ésta puede llegar a convertirse en una catástrofe, por mucho que uno esté acostumbrado a sobrellevarla. Porque la soledad no es aquello que sucede cuando uno está solo, sino aquello que se siente cuando, en verdad, no puedes estar ya más tiempo contigo mismo.

El libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas es una hermosa cita literaria en la que podemos apreciar las costuras invisibles que anudan la soledad en la vida de las personas. Nosotros en la noche (Random House, 21016) es una conmovedora historia sobre dos seres que habitan en distintos techos, sobrellevando una vida discreta y apartada, en un pequeño pueblo donde todos se conocen. La soledad de ambos es tan exigente como frágil y maltrecha, hasta que uno de ellos emprende la aventura de conquistar la compañía del otro.

Nosotros en la noche arranca con la visita a la caída de la tarde que hace Addie Moore a su vecino Louis Waters, al que conoce de toda la vida y que vive en la calle de enfrente. Ambos son viudos y rondan los setenta años. Addie le hace una insólita propuesta: comenzar a dormir juntos, sin sexo, sólo para charlar en la oscuridad y proveerse del consuelo de la compañía del otro e intentar conseguir un descanso más confortable, cogidos de la mano. Ambos conocen poco de sus vidas privadas, pero la determinación sincera de ella propiciará que sus corazones se junten y compartan un trozo de cada jornada. Noche tras noche, el lector descubrirá la evolución de sus encuentros, al principio embarazosos, después íntimos y comprometidos, hasta despertar la curiosidad y posterior interés de sus vecinos y, por contra, la incomprensión de sus familiares ante una relación que tachan de impropia.

El escritor norteamericano Kent Haruf (Pueblo, Colorado, 1943 – Salida, Colorado, 2014), autor de cinco novelas, dejó para el final de su carrera literaria está conmovedora historia que no le dio tiempo a ver publicada. Esta obra póstuma tan concisa, sencilla y hermosa deja un poso duradero al lector ávido de buenas historias, ese lector que sabe que la modesta tarea del escritor, como diría Elias Canetti, quizá sea, a fin de cuentas, la más importante: la transmisión de lo leído. En eso Haruf es un maestro. Su estilo sencillo y ágil produce un nexo narrativo envolvente, con unos diálogos audaces y verosímiles que, aunque el autor prescinde de puntuar a los ojos del lector, no supone un obstáculo, ni va en detrimento de su lectura. Al final, este recurso de obviar el guion en los diálogos, ofrece otro matiz singular de su autor para agudizar la tensión del propio acto de leer.

Nosotros en la noche es una novela sobria, de mucha contención. Esta versión española, bajo la cuidada traducción de Cruz Rodríguez Juiz, pone por primera vez a nuestro alcance a un escritor desconocido en nuestro país, con una obra en la que su autor solo ha necesitado poco más de ciento veinte páginas para montar una historia verosímil y nada complaciente, repleta de emociones. Haruf muestra su maestría literaria con un inicio sorprendente y un final tan revelador como emotivo, hasta el punto de dejar al lector más sensible apesadumbrado o, al menos, con un sabor agridulce.


Quizás la felicidad sea menos previsible que la desgracia. Nunca la felicidad es segura, y mucho menos infinita. Pero, desde luego, puede ser real y, en este cautivador relato, podemos comprobar sus efectos y hasta compartir con sus personajes sus momentos más entrañables.

martes, 18 de octubre de 2016

Periplos y escalas

No existe un solo modelo teórico que pueda contener la complejidad de la realidad humana a la hora de emprender un viaje. Ninguno puede escapar a la subjetividad del viajero, a su propia condición y a sus legítimas motivaciones.

Los viajes, además, precisan de un impulso mítico, aunque particularmente alguno de esos impulsos resulte más humilde y de andar por casa que los de los tiempos heroicos, cuando aquellos hombres de entonces iban a conquistar ciudades, como lo hicieron Agamenón, Aquiles y Ulises con Troya; o como Jasón y sus argonautas cuando se aventuraron a robar en tierras ignotas los vellocinios de oro; o como el fornido Hércules cuando tuvo que enfrentarse al temible león en Nemea; o como el joven Eneas cuando asumió los designios de los dioses que lo llevaron a fundar las ciudades del Lazio.

Los países invisibles (Fórcola, 2016) de Eduardo Lalo (Cuba, 1960) es una mirada al mundo por donde late inequívocamente todo ese espíritu clásico del mito viajero, pero, a su vez, es una indagación, una andadura en busca de respuestas, con la plena conciencia de saber que nunca se llegará a vislumbrar del todo lo que representa cualquier tierra extraña.

Lo que propone el escritor y fotógrafo puertorriqueño en este interesante ensayo es una especie de periplo físico y mental, acompañado de la lectura de muchos libros, por distintas ciudades del mundo, un viaje experimental que le traerá de regreso a San Juan, donde vive, para reivindicar la garra simbólica que poseen los países invisibles, como Costa Rica, territorios ninguneados por el discurso oficialista de las naciones poderosas de occidente, y que a lo único que aspiran es a huir de su estancamiento y olvido.

Mientras esa necesidad puertorriqueña permanece en el tiempo, arrastrando las secuelas históricas de la conquista española, y ahora agravadas por el nuevo colonialismo norteamericano, este escritor viajero e indomable, que responde al nombre de Eduardo Lalo, no esconde en absoluto su identidad, ni su vocación literaria y filosófica, para mostrarnos, desde su conciencia, el trasfondo de esa invisibilidad programada y latente que soportan países como el suyo.

Todo libro está destinado a alguien. Puede que el acto de escribir sea una tarea solitaria, pero siempre es un intento de llegar a otra persona que también lo leerá en solitario. Lalo sabe que la escritura y la lectura tienen esa particularidad y muchas otras confluencias con el hecho de viajar y ver mundo. En Los países invisibles hay también un recorrido crítico por algunas capitales y ciudades europeas a las que el autor asocia con la capital de su país, por medio de ese hilo conductor consumista, tan propio del mercado global, que se extiende por todo el planeta.

Eduardo Lalo firma un libro intenso y emotivo, un periplo biográfico con abundantes escalas literarias. Aquí hay lugar para ver cómo el escritor sobrelleva su pasión por los libros a través de las muchas lecturas que hace de sus escritores favoritos, así como de felices hallazgos encontrados por el camino. Robert Walser, Kafka, Pessoa, Peter Sloterdijk o Susan Sontag, entre otros, conforman parte de la órbita de su universo literario. “Escribir desde la invisibilidad –subraya el puertorriqueño– significa ampliar el campo miope de lo visible”. Por eso es procedente la invitación pertinaz que encuentra el lector en el texto para hacerse la pregunta clave sobre si la literatura es la que crea la visibilidad de las cosas que existen, no solo para ser leídas, sino, mayormente, para examinarlas, entenderlas o refutarlas.

Los países invisibles, galardonada con el Premio Juan Gil-Albert Ciutat de Valencia, es una obra breve, pero densa, de mucho calado ético y social, que no solo contiene una crónica viajera y un ensayo filosófico en sus entrañas, sino que va más allá, proponiendo una reflexión desde la experiencia vivida por el autor y desde la memoria autobiográfica, sin tener que acudir al distanciamiento de sí mismo para hacer posible la estupenda narratividad que consigue mostrarnos: el descubrimiento de otro mundo, invisible y cierto.