martes, 15 de mayo de 2018

Elogio de la ficción


Resulta legítimo aspirar a transformar la realidad en vida gozosa sin límites, pero, siendo realistas, sabemos que ese afán solo se logra con la imaginación y de la mano de la ficción, del buen relato. La ficción, como promesa de vida. Distraer e instruir han sido, desde tiempo inmemorial, el objetivo de la literatura en su vertiente narrativa. ¿De qué iba a servir coger la pluma si no es con la esperanza de saber al final algo más que al principio sobre la vida y sobre el sentido de las cosas que nos rodean?

El destino de la ficción nos concierne a todos, autores y lectores; nuestra supervivencia depende de ello, de que se reconozca o no el valor de la imaginación en los tiempos futuros, como una de las fuerzas vivas de la mente humana para poder seguir disfrutando de la creación literaria. Para existir el arte de la ficción tiene que apoyarse en esquemas aprehensibles, al menos para el lector, porque de lo contrario abandonará la tentativa. En otras palabras, el narrador que desee elevar su oficio al rango de arte debe, además de conocer todas sus costuras, saber romperlas, jugar con ellas, para también utilizarlas, y fingirlas, a fin de no dejar de tener en jaque al lector ideal que aguarda, a su merced, la continuación de la intriga prometida. Decía Edith Wharton que cuando ya se ha ganado la confianza del lector, la siguiente regla del juego es evitar que se distraiga, que su atención se disperse.

Que quede claro que James Salter (Nueva York, 1925 – Sag Harbor, 2015) así lo cree también e interpela, que la literatura es, antes que nada, un arte, y, por lo tanto, que frente a ella experimentamos emociones estéticas. Como también cree que la literatura hace que nos fijemos más en la vida; que practiquemos en la propia vida, que a su vez nos hace mejores lectores de la literatura, lo que a su vez nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente.

Después de leer El arte de la ficción (Salamandra, 2018), bajo la cuidada traducción a manos de Eugenia Vázquez Nacarino, tres conferencias magistrales de apenas treinta páginas cada una sobre el oficio de escribir impartidas por el escritor neoyorkino en la Universidad de Virginia, a la edad de ochenta y nueve años, es difícil imaginar el estadio anterior en el que Salter se encontraba cuando no estaba en ese devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura aún no constituía la herramienta necesaria de exploración de esa condición, viviendo tan ajeno a la literatura hasta los cuarenta y cuatro años. Pero el azar hizo que dejara las armas por las letras, y siendo piloto de combate, aterrizó para siempre en el campo de los libros de manera sorprendente, para quedarse allí por igual periodo de tiempo contagiado de literatura, escribiendo y leyendo hasta los últimos días de su vida.

Salter explora los efectos que la ficción, y en concreto la novela, produce en los lectores, y para ello habla de cómo los novelistas trabajan para conseguir esos efectos y cómo se empeñan estos en escribir sus historias. No se escribe para entender la vida y la gente, nos viene a decir, sino porque cada escritor cree concebirlas a su manera, con su propio estilo, y a ello empeña su palabra. “No depende sólo del acierto en la observación –subraya–; también del modo de contar”. Nos habla también como lector empedernido y advierte que es imposible leer todo lo que se publica: “Por más leída que sea una persona, siempre habrá muchos libros, tanto fundamentales como menos reconocidos que no ha leído, que debería leer o que leerá en algún momento”. Y confiesa que hasta que no conoció a su mentor, el profesor Robert Phelps, todo lo que sabía de literatura lo había adquirido de manera inopinada por sí mismo. Fue Phelps quien le descubrió la prosa de Isaak Bábel y ya no dejó de admirarla. Pero también habla de sus escritores más influyentes, de aquellos a los que les tiene un aprecio especial y una alta admiración, como Flaubert, Nabokov, Faulkner, Saul Bellow, Kerouac o Isaac Singer.

En estas lecciones de escritura, como las define Antonio Muñoz Molina en el prólogo del libro, Salter se empeña en propagar su entusiasmo hacia el oficio de escribir y su gratitud hacia estos autores determinantes que, con su maestría, le impulsaron a forjar su credo literario: “Los escritores que me gustan son los que tienen un don para observar de cerca. Todo está en los detalles”, constata.

Escribir es un proceso arduo, nos viene a decir el autor de Todo lo que hay, que nadie nace escritor, que en realidad no se puede enseñar a escribir, pero sí a leer a partir del ejemplo de los maestros, que el escritor tiene que saber manejarse con las ideas tanto como con las palabras, y que “el estilo es lo que perdura”. Pero, aun así, la escritura se revela como una excelente compañera de viaje que puede consagrar tu existencia, y “llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.

En estas páginas hay todo un testamento vital de un hombre de acción que tomó tierra para dedicarse en cuerpo y alma a los libros y a la escritura, una carrera literaria sostenida bajo la perseverancia del trabajo y el entusiasmo de llegar a emocionar a sus futuros lectores. Estas conferencias son un disfrute, un hijo póstumo que Salter nos regala.


lunes, 7 de mayo de 2018

Entre pensar y poetizar


No es fácil hablar de Antonio Machado sin hablar de nosotros mismos. A Machado muchos lo entendemos como un poeta de vida. Reconocemos sus versos aunque los leyéramos hace décadas, en el colegio, en el instituto o después más tarde, en nuestro hogar. Hemos leído al poeta porque era lectura obligada entonces, aunque después, de manera espontánea, nos hemos obligado a leerlo para nosotros mismos, buscando unas respuestas que necesitábamos. Y cada vez que hemos acudido a sus páginas, hemos sentido su presencia seria, ensimismada y elocuente, tan cerca de nosotros que notamos que el poeta jamás se ausenta de sus poemas y, aún menos, del lector al que interpela constantemente.

En una de las entradas de sus diarios, el narrador, poeta y ensayista Juan Malpartida (Málaga, 1956) sostiene, acudiendo al abrigo del poeta sevillano, que “la literatura es algo que va de mano en mano, un manoseo de lo uno por lo otro. Es cierto que toda literatura es un testimonio de la vida, lo que quiere decir que es un testigo que se pasa a otro […], un ir de lo uno a lo otro, como Antonio Machado supo ver con tanta lucidez”. Tal vez Machado siempre tuvo ese saber interior de sentirse un ser cósmico, además de humano, que nunca deja de estar presente en toda su obra. De ahí que Juan de Mairena y su maestro Abel Martín, sus otros alter ego, signifiquen una suerte de personajes filosóficos en ese comprender de la vida, entre el pensamiento analítico y literario que inciden en la forma que el poeta tiende a descifrarnos su manera de entrever el mundo. Machado cuando filosofa acaba creando poesía desde ese discurrir que le otorga la palabra. Y no solo eso, sino que cada poema suyo tiene su propia metafísica.

En Antonio Machado. Vida y pensamiento de un poeta (Fórcola, 2018), Malpartida retorna al llamado del autor de Soledades y Campos de Castilla no solo para rendirle un tributo de admiración, sino como una tentativa ensayística que aúne su vida y su obra pensada desde el lado filosófico y metafísico que el poeta siempre incrustó en sus versos. En esta ocasión, el lector se va a encontrar a un Machado más allá de lo consabido, merodeando por la esencia de su pensamiento más profundo y reflexivo, volcado en buscar argumentos y respuestas al ser que fluye en el discurrir del tiempo, al hombre que indaga en ese saber de sentirse un hombre universal y no solo íntimo.

Las obsesiones y preocupaciones del poeta fluirán por estas páginas, y, para los que lo hemos leído con devoción y entusiasmo, Juan Malpartida nos reserva un nuevo encuentro con ese compañero eterno con el que hemos congeniado en muchas ocasiones, pleno de honradez, inteligencia, bondad y sensibilidad, para seguir su estela a través de la controversia del tiempo y la madurez del razonamiento de su lenguaje y de sus epifanías. Las palabras sirven, en su versión más machadiana, para entenderlas y para entendernos. Esa es la misión indiscutible de este libro, que, en rigor, no se trata de una biografía, y que como bien dice su autor ya existen algunas muy buenas, sino que propone un estudio, como diría Octavio Paz, de la esencia del tiempo en Machado: “somos tiempo –decía el poeta mexicano– y no podemos substraernos a su dominio. Podemos transfigurarlo, no negarlo ni destruirlo”. De igual manera, el libro de Malpartida incide en la otra vertiente acuciante en la vida del poeta: el amor como respuesta, por ser tiempo y estar hecho de tiempo. Por otro lado, a la única aspiración que aboga el libro, en palabras de su autor, es “hacer vislumbrar a un Machado que aún pueda inquietarnos y enseñarnos a pensar y a sentir”.

Para Malpartida, Machado ha sido el poeta español más cercano a la filosofía y que a su vez más firmemente ha vivido la lírica desde ese rango metafísico. Esa originalidad reflexiva y personal parte de su interés por Kant y Bergson, los dos pensadores europeos que más le influyeron, a los que habría que añadir la amistad y admiración que el poeta mantuvo en vida con Ortega y Unamuno. Juan de Mairena aconsejaba a sus alumnos leer a Kant, como necesidad de reconocerse dentro de sí mismo, en las emociones, más que la importancia de estar pendientes de lo que sucede fuera de uno mismo.

Este es un libro denso y profundo sobre la esencia vital de uno de los poetas más importantes de nuestras letras, y pese a su brevedad, es un texto jugoso y ávido de verdad, que invita permanentemente al subrayado. Se puede afirmar en palabras de su biógrafo que es el poeta más coherente de su generación cuando nos dice que “pensar es afirmar el tú”.

Ninguna de estas consideraciones le queda grande a este ensayo, porque Malpartida es inteligente sin tener que apresurarse a ello para demostrarlo, es original sin acudir al rebuscamiento y dice cosas nuevas de la poética de Machado, pero haciéndolas pasar por viejas. Y ahí radica, en verdad, lo bueno de este libro.


martes, 1 de mayo de 2018

La vida lastimada


Jesús Montiel (Granada, 1984) ha publicado en apenas unos años cinco poemarios que le han provisto de distintos reconocimientos, entre los que cabe destacar el Premio Internacional Alegría y el Hiperión. En lo que va de año acaba de publicar dos libros en prosa. El primero de ellos, Notas a pie de página (Ediciones Esdrújula, 2018) es un texto que aglutina reflexiones, aforismos y brevedades, bajo una escritura donde la condensación marca el norte de las evocaciones y sugerencias que el escritor va enhebrando como invitación al asombro de sus alumbramientos. El segundo, Sucederá la flor (Pre-Textos, 2018) es otra apuesta en prosa, pero más sentimental en su origen y más lírica en su forma expresiva, un libro hermoso y estremecedor, “con vocación de pan”, como le gusta llamarlo a su propio autor, autobiográfico e introspectivo.

Al igual que un poema, este libro intenso y contenido está hecho de lenguaje, de personalidad, de temperamento, de un estado de ánimo lacerado, de agallas y arrojo, de azar y destino, un canto en sí mismo, una reflexión desde el dolor a la vida, así como una visión interior de una pesadumbre. Sucederá la flor es un poema en prosa que obliga al lector a asentir por esa fuerza arrolladora de verdad que transmite, desde esa cosmogonía implacable que emerge del sentir de un padre poseído por una humanidad admirable frente a la adversidad sobrevenida por la enfermedad grave de su hijo pequeño. Las horas horribles se conjugan con vislumbres de verdad y aliento, a pesar del temporal azotado por los miedos, y la incertidumbre de una curación que se demora. La vida es una metáfora del boxeo, nos viene a decir: “Cada persona dispone de un puñado de tiempo más pequeño o más grande. Ese tiempo es el cuadrilátero donde uno ha de combatir a diario. Yo sólo espero que al final de mi combate gane el amor”.

Montiel se arroba, con un estilo sereno y punzante, en un canto a la vida y al amor desde esa suerte incierta de acometer un trance doloroso sobrevenido, y mostrarlo con una solvencia moral implícita, sin fingimientos ni ataduras. El lector, siempre ávido de historias, se conmueve cuando está delante de un texto sobrio que posee esa capacidad de unir una palabra a otra sin estridencia, para después encauzarlas en una secuencia emotiva que germine en el corazón de quien se preste a su lectura, o que logre describir de un modo preciso lo que sucede en la realidad de los hechos que el escritor va contando. Que no depende solo del acierto en la observación, sino que especialmente atrapa por cómo se ha resuelto el texto.

Desde el umbral de la conciencia, Montiel va trazando su relato introspectivo de amor y silencio, de desasosiego y gratitud, de serenidad y esperanza, en la habitación donde el cuerpo del hijo yace silente y pálido, mientras el padre aguarda a que el tiempo germine en fruto, al calor de su esperanza, sin caer en la desdicha de la pena y la derrota, defendiendo, una y otra vez, el asomo de un nuevo día. “Ser padre es contemplar cómo nace otra memoria”, queda dicho en su anterior libro Notas a pie de página. Aquí, ante la adversidad de la enfermedad que nunca avisa, que se cuela de improviso y lo pone todo patas arriba, el narrador se dirige al lector sin tibieza y con las palabras justas que encierran lo más concluyente de su historia: “Érase una vez un niño enseñándole a su padre a nacer”.

Con tal de llegar a emocionarnos como lectores, da igual el camino que elija el escritor. Cuando emprendemos una lectura viajamos también a bordo de su metáfora implícita. Jesús Montiel ha escrito un libro emocionante y sentido que explica su realidad vivida y porque, quizá, también ha sido terapéutico. Sucederá la flor es una revelación más de que la literatura es un medio de experimentación, de buceo y de irracionalidad, incluso. No hay literatura sin sufrimiento y aquí se nos viene a decir que vivir, ya de por sí, es una enfermedad que duele, pero también es un canto de esperanza sobre la vida y el amor que se puede ejecutar en pocas páginas, exactamente, cincuenta y cinco.

Esperar es una lata, escribe Andrea Köhler en su ensayo El tiempo regalado (2018). Y sin embargo, es lo único que nos hace experimentar el roer del tiempo y sus promesas. En el libro de Montiel se dice que quien sabe esperar sabe lo que significa vivir con ese condicionamiento. La espera genera temperatura, porque imagina lo venidero, a veces con el corazón tiritando o ardiendo de deseo.

La verdad es lo más interesante de este libro, y la verdad en literatura es un punto de vista que enseguida brilla por sí solo. Sucederá la flor estremece, y es así, precisamente, porque lo hace con luz propia.

lunes, 23 de abril de 2018

Presencias, palabras y voces


El reseñista de un libro pone en juego no solo su bagaje y su experiencia como lector, sino también toda su suspicacia respecto al texto leído, y ello con una voluntad decidida de rendir cuentas en ese afán suyo apasionado de contar las impresiones estéticas y éticas de su lectura acabada, a sabiendas de que sus palabras deberán tener cierto alcance y, desde luego, pretensiones de orientar, alertar o persuadir a otros lectores ávidos de recomendaciones, además de poner en claro sus propias conclusiones sobre lo leído.

En este sentido, he leído con sumo interés algunas de las muchas reseñas y entrevistas que el nuevo libro de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) ha suscitado en la crítica literaria y la prensa en sus diferentes suplementos culturales, así como también en otros foros, tales como los blogs literarios donde algunas firmas destacan en esta labor crítica, que han generado controversias, adhesiones y suspicacias sobre el resultado literario de su reciente obra. Ante la mirada crítica de muchos de ellos, sus puntos de vista, perplejidades y discernimientos, la curiosidad prejuiciada por todo esto me impulsa a no querer perder la oportunidad de sacar mis propias conclusiones, y a ello voy.

Lo primero que conviene destacar de Un andar solitario entre la gente (Alfaguara, 2018), y con ello me uno al coro de algunas voces, es que no es una novela, por mucho que se empeñe en resaltarlo la editorial. Lo curioso del asunto es que el propio autor, inteligentemente, elude tildar a su libro de esa manera. En una de las entrevistas concedidas, dice al respecto: “Las novelas exigen tiempo de maceración, de filtración. El ensayo está hecho sobre la marcha”. Por eso mismo, el lector de novelas no la reconocerá en esa dimensión, pues aunque el libro está trazado bajo una narratividad suculenta de historias, aquí lo que hay es un fluir y discurrir literario por donde transita un narrador que pone su mirada en la ciudad por la que camina, absorto en mil detalles, llevando a cabo un registro, a modo de diario o crónica, de todo lo disperso que se va encontrando y que luego traslada a su cuaderno, a lápiz, como a él le gusta.

Este es un libro abierto, fragmentario y poblado de asombros y perturbaciones en el que la ciudad no solo es escenario sino, principalmente, personaje del mismo. El núcleo del libro es la ciudad y sus mudanzas, pero también responde a la incitación del mundo tal como otros autores lo hicieron antes. Conforme vamos penetrando por sus piezas, nos encontramos con escritores enlazados en su concepción creadora que le despertaron gran interés en su manera de concebir la literatura y que reflejaron en sus textos la realidad inmediata de las cosas en ese deambular por las aceras y el asfalto de las ciudades de turno. En esas intersecciones, por ejemplo, Thomas de Quincey escribió Las confesiones de un comedor de opio. Edgar Allan Poe las leyó, quedó conmocionado y escribió El hombre de la multitud. Después Charles Baudelaire leería a Poe y a De Quincey, traduciría a ambos y crearía sus Poemas en prosa sobre París. Y entonces llega Walter Benjamin que lee y traduce a Baudelaire abducido por su modernidad y espíritu de flâneur. Sobre este núcleo y otros artistas modernos más allá de las letras, Muñoz Molina va compilando su aventura literaria, una especie de montaje extraído de las rarezas, evidencias y reflexiones que ofrece el ejercicio de callejear sin rumbo, abierto a todas las vicisitudes y a las impresiones que le salen al paso.

Dice Muñoz Molina que con la deambulología que inventa pretende hacer una biografía de una persona que recoge el trazo de todas sus caminatas. En Un andar solitario... hay un ego experimental trasladado en textos y en algunos poemas en prosa en los que sus instantes son reflejos de una mirada adquisitiva de objetos al azar que el narrador se va encontrando en sus paseos. La cotidianidad tiene su discurrir. Hay lugar para casi todo: lo prosaico y lo banal, y también lo trascendente, lo público y lo íntimo, la denuncia política y la celebración del arte, la belleza y el horror, lo secreto y la sencillez misma de un paseo. En apenas unas páginas del principio del libro el autor expone sus motivos: “Soy una grabadora en marcha... Soy una mirada... Leo cada una de las palabras que voy encontrando a mi paso... La ciudad se dirige a ti en el idioma del deseo... La ciudad te lo promete todo simultáneamente.” Después comprobamos cómo se ha ido erigiendo el texto bajo el acopio de titulares de prensa y recortes de anuncios, intercalados con eslóganes publicitarios, palabras sueltas y cualquier menudencia sobrevenida “a vuelapluma, a vuelalápiz, a vuelateclado”.

Muchos vemos poco y pocos ven mucho. Muñoz Molina pertenece a este último prototipo de observador aturdido que prende ardor a lo que el instante le otorga. Cada pieza de Un andar solitario... es parte de ese árbol frondoso del mundo y su significado (tampoco le hubiera venido mal algún desbroce de páginas), que en su conjunto conforma un comprometido ejercicio intelectual y exploratorio de la ciudad, la vida y el arte.

Muñoz Molina, como bien dice Justo Serna, ha hecho suyo el precepto de la mirada en toda su obra a la manera de ese viajero que toma nota con porfía e interés acerca de la verdad de su experiencia y de la determinación de sus pasos frente a la fugacidad del tiempo. Porque, hoy más que nunca, todo desaparece muy rápido.


sábado, 14 de abril de 2018

Ángulos e intervalos


La invención literaria, como diría Carlos Pujol, se hace y se deshace de manera misteriosa en el fondo de uno mismo, hasta que al fin cuaja en palabras que casi son extrañas, pero tienen su propia vida y destino. La verdad del poeta no se da hasta que este no encuentra las palabras para decirla. El poeta, de manera singular, está para ver lo que no se ve, para lo que se ve ya estamos los demás. Escribir, al fin y al cabo, en poesía se decanta más si cabe a verbo reflexivo.

Al abrir un libro de poesía nos adentramos en un mundo simbólico donde no importa tanto lo que se dice como lo que eso mismo significa. En ese sentido, lo que interesa de un poeta, como apuntaba Walace Stevens, no son ni su destreza ni sus sentimientos, sino su sentido del mundo. La poesía, ya se sabe, trata de ir más allá, no solo se preocupa del significado de la experiencia, sino también de la experiencia del significado.

La trayectoria literaria de Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972) desde La vida me persigue (2006), su primer poemario, ha mantenido esa inercia de asumir la experiencia de lo cotidiano como forma de destilar su ámbito poético. En Cambio de rasante (2015) justificaba el título del libro aludiendo a ese tramo de vía de distinta inclinación para decirnos lo que su poesía experimentó con esa sensación doble de ir pegada al suelo y al mismo tiempo subida a él. Después llegarían Que viene el lobo (2016) y Qwerty (2017) para asentar y acrecentar más su valía. Parece una paradoja, pero su poesía se ha ido conformando al mismo tiempo en concentrar y extender, en hacerlo todo mucho más pequeño y el doble de grande a la vez.

Como doble y simultáneo es lo nuevo suyo que acaba de llegar a las librerías: La vuelta al mundo en 80 jaikus (y una nana para despertar) (Takara, 2018), que presenta dos mitades, la primera poblada de un buen puñado de haikus, y la otra de una canción de cuna en tres actos que pone voz a un ser de otro planeta; Idea intuitiva de un cuerpo geométrico (La Única Puerta la izquierda, 2018) el otro libro, se presenta como un poemario potente erigido en esa línea textual suya a base de palabras y silencios, y tanto lo dicho como lo callado apelan al sentimiento con igual energía, explorando simultáneamente sus ideas y las experiencias del vivir.

Si al poeta, más que a nadie, se le exige autenticidad, Itziar Mínguez siempre presenta en su poética esa aspiración. En estos poemas podemos ver cómo la escritora ha concebido sus piezas, nacidas desde la memoria y el recuerdo de las formas geométricas de un libro de aprendizaje de antaño en el que los objetos, los bordes y sus ángulos concitaban a la evocación poética. Y desde ese libro de Geometría quedamos convocados a escuchar episodios de vida y soledades. Los recuerdos y sus ecos con las claves de sus epifanías en las que destacan las reacciones y sensaciones experimentadas justo en el momento en que cada uno de los poemas es alumbrado.

Lo bueno de su poesía es que el lector se da cuenta de que la preocupación de la poeta está más por revelarnos algo sencillo que cualquier empeño de parecer sublime (y eso se agradece): Ven./ Quiero estar sola/ y necesito un testigo; así como en este otro: No es/ sueña conmigo,/ sino/ despierta a mi lado. Y nunca prescinde de expresar lo esencial de las cosas: - ¿Qué te pasa?/ - Estoy solo en el mundo./ - Yo estoy contigo./ -También tú estás solo. No repara en que su poesía sea demasiado poética, sólo con atisbos se basta: Tú y yo, para siempre/ bajo llave/ en esta caja fuerte/ sin compartir la clave/ con nadie./ Jamás. La palabra para Itziar es el tesoro del poema, por eso se esmera en desprenderse del derroche y en eludir la estrechez.

En Idea Intuitiva de un cuerpo geométrico hay un despliegue arquitectónico más conformado en relación a otros poemarios suyos. Aquí la forma del libro está más colmatada en su estructura y concepción. También, como novedad suya, utiliza el sangrado del verso y enfatiza la puntuación, algo que en sus anteriores poemarios desestimaba y, sin embargo, en esta ocasión quiere y requiere para que el lector proceda visualmente a transitar por el ritmo pactado por el poeta, para que no pierda comba por sus territorios vivenciales.

Por todas sus esquinas y ángulos Idea intuitiva... destila soledades, roces de compañía, memorias del cuerpo, pasión, amor discontinuo, rutinas del vivir y del trabajar, discurrir del tiempo, aplazamientos, lo que somos y lo que los objetos nos marcan. Todo un cúmulo del trajín del vivir y sus pulsiones.

Itziar Mínguez encuentra en esta tentativa, como bien dice Ángela Mallén en el estupendo prólogo del libro “la poesía de los actos y de los pensamientos”. Lo difícil de vivir es darse cuenta de ello, viene a decirnos la escritora vizcaína en esta obra suya de título tan abstracto, pero que nadie se confunda, porque Idea intuitiva... es tan tangible como vívida, en la que el cuerpo prima y palpita: en soledad y compañía, en su fuero y desafuero, en sus inflexiones y sobreentendidos. Un texto pasional y rotundo que acredita su oficio y madurez.


lunes, 9 de abril de 2018

Los misterios de la novela


Las palabras no pueden funcionar sin los referentes del mundo real, sin los libros y, desde luego, sin las novelas. Porque leer novelas, leer literatura, es un modo de enfrentarse a esa angustia existencial, en el sentido de que nos permite satisfacer nuestro impulso para explorar el caos que nos rodea y, hasta cierto grado, comprenderlo, transformarlo en algún tipo de orden que dé sentido a este existir que llamamos vida. Esto es precisamente la capacidad única que posee la novela sobre el resto de las formas artísticas: que puede retirar el velo de la ilusión durante el tiempo necesario para permitirnos vislumbrar la desdicha común y humana de la vida de los demás, y a su vez, por implicación, iluminar nuestra propia realidad o el devenir de nuestra existencia.

Todo escritor, todo novelista, como dice Luis Goytisolo, ha empezado por ser lector, lector de novela. El arte de la novela tiene esa gracia de hablar de todo y de nosotros mismos como si fuéramos otras personas, así como hablar de otros como si estuviéramos en su piel, y obligarnos a ir más allá de sus propios puntos de vista. En el último libro de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) encontramos mucho diálogo acerca de estos misterios que envuelven al género de la novela, y cuando un novelista que escribe ensayos, como dice él, que hablan del arte de la novela, entonces el escritor se convierte en un náufrago que manda coordenadas a los demás para que puedan localizarlo. En ese mapa vital que conforma su trayectoria lectora y su biografía literaria, la poética del escritor está presente y así la comparte, con emoción y sumo detalle.

Viajes con un mapa en blanco (Alfaguara, 2018) trata de eso mismo, “se compone –dice el propio autor– sólo de libros cuya lectura está asociada en mi recuerdo a un lugar y a unas emociones”. Cervantes, la tradición y los misterios de la novela responden al triángulo que encierra el conjunto de los ensayos reunidos en esta obra, en donde el escritor colombiano sustenta todo el sentido práctico del libro, partiendo de una cita memorable de Virginia Woolf, como introducción a su propia tentativa: “Los libros descienden de los libros como las familias descienden de las familias...”

En ese viaje literario, el lector explora con gran expectación la ruta propuesta por Vásquez al territorio cervantino. El invento de El Quijote tiene su calado, y como subraya él mismo, “nos pide aceptar que el hombre común y corriente, el compañero de nuestra cotidianidad, es una criatura de complejidades sin fin, contradictoria, impredecible y ambigua, dueña de una profundidad y un interés que no están al alcance del ojo, sino que yacen detrás de mil velos a la espera que los descubramos”. Por otro lado, viene a referirnos también que, a menudo, sustituimos las novelas por la realidad propiamente dicha, o al menos la confundimos con la verdad real. En eso va a consistir su empeño, en mostrarnos el poder extraordinario de la novela, en trasladarnos a la verdad secreta que promete.

Por eso mismo, este es un libro jugoso e interesante, poblado de material libresco abundante, mayormente conferencias, que al lector no le será fácil olvidar, ni separar su unidad literaria, debido a ese intencionado hilo conductor que ensambla a todas sus piezas en el mismo círculo del arte de novelar. Diríamos que estamos ante un compendio de ensayos que concita a prestar atención a esa sensación inmarcesible y reveladora de la novela que consiste en mostrar ese mundo ficticio tan capaz de transformar cualquier historia en algo inusitado y hasta más real de lo que sucede en el propio transcurrir de la vida. Vásquez, como novelista, también comparte estos principios, y tenemos prueba de ello en su extensa obra narrativa, como las imprescindibles Los informantes (2004), Historia secreta de Costaguana (2007) o Las reputaciones (2013), en las que da buena muestra de su talento artístico en el género.

El reto de toda novela es que el lector se la crea, se dice en sus páginas. En ese sentido, Viajes con un mapa en blanco responde a esa tradición ensayística que persigue vislumbrar el alma y el poder persuasivo que la novela ejerce desde Cervantes, y sigue haciéndolo más allá de Proust, Dostoievski, Conrad o Coetzee. Porque las novelas de verdad “nos tienen que convencer de que debemos tomarnos la vida en serio demostrando que tenemos poder para influir en los acontecimientos, y que nuestras decisiones personales moldean nuestras vidas, como dice Orhan Pamuk.

En suma, Juan Gabriel Vásquez ha querido mostrarnos en este libro la despensa literaria suya en la que ha forjado su quehacer literario, sus lecturas y opiniones, así como retazos del magisterio de sus escritores más queridos e influyentes. Por estos cauces nos propone, con gusto y elocuencia, una indagación fructuosa sobre la importancia de las ficciones y la experiencia gozosa de leerlas. Los grandes libros están llenos de significados, nos viene a decir, nos interrogan, nos ponen a prueba y suelen ser despiadados en su franqueza.

Viajes con un mapa en blanco no es un libro más que haya sido concebido para desarrollar lo que ya sabemos sobre la teoría de la novela, sino que es un texto confesional de un escritor comprometido con la ficción, que explora, con gratitud y maestría, en sus misterios de manera admirable.


martes, 3 de abril de 2018

Un hombre agradecido


La trayectoria literaria de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha ido cimentándose durante los últimos veinticinco años en una fecunda tarea narrativa de creciente solvencia y, tras su fulminante éxito editorial sobrevenido por su monumental novela Patria (2016), más allá incluso de nuestras fronteras, le ha catapultado a la cima de los autores más leídos y estimados de las letras actuales españolas.

Si tuviera que responder telegráficamente sobre un posible subtítulo de Autorretrato sin mí (Tusquets, 2018), su nuevo libro, se me ocurren varios, porque esta obra suya contiene una radiografía completa de su persona y, a medida que he ido leyendo las sesenta y una piezas que conforman la totalidad del texto, me han ido surgiendo epígrafes, nacidos de ese rango de extensa gratitud que el escritor vasco ha querido plasmar a lo largo de su compendio narrativo, por cierto, en una cuidada y hermosa publicación, y que nos habla del hecho del vivir diario de un “hombre de soledad y libros”, que afirma “pasar la vida naciendo”, procurando estar “a buenas con la vida”. Por eso he querido resaltar como título de la reseña lo que realmente el lector se va a encontrar en cualquier página del libro: estampas personales de un hombre agradecido.

En otros libros anteriores, Aramburu ya proponía fragmentos de su vida particular para mostrarnos el paisaje sentimental que fue creciendo en su deambular cotidiano, al mismo tiempo que mostraba su mapa literario, como se evoca ahora en Autorretrato sin mí, para reflejar, a través de la brevedad de estos textos, su buena pizca de ironía, el aprendizaje y la experiencia de vivir. Libros, como este de ahora, escritos lejos de su país: “Nunca le profesé tanto afecto a mi idioma –confiesa al final en El artista y su cadáver (2002)– ni me correspondió él tan generosamente como en el tiempo que llevo establecido en Alemania, adonde vine a vivir por gusto”.

Al igual que en Las letras entornadas (2015), Aramburu se define como un “disfrutador” de su oficio. La lectura de El hombre rebelde de Camus le afianzó en su compromiso vital de responder a la vida con sus acciones y con su palabra. Mucho le agradece al escritor francés que le enseñara a amar al hombre por encima de sus ideas. Así como agradece lo que recibió de la literatura, ese latido persistente de vivir definitivamente una soledad acompañada, y en ese sentido, todo lo que late en Autorretrato sin mí es gratitud extensa a la vida y a los libros, una suerte de confesión poética profunda e íntima, buscando un poco de verdad consigo mismo, como nunca lo había hecho con tanta desnudez y gozo.

Hay pasajes de canto y celebración por la vida, así como de enaltecimiento a la soledad y al recogimiento. “Es inútil concebirme sin mi concha de caracol –confiesa con gusto–. Si alguna esencia llevo adherida a mi esqueleto es esa dimensión personal que, a falta de otro nombre, llamo soledad. Yo no tengo más alma que estar solo. Desde niño la transporto a todas partes. Es mi reducto, la caja fuerte de mi personalidad, el sitio donde clavo mis flores y donde me dirijo la palabra mirándome a los ojos” (pág.89).

Aramburu se congratula de estar vivo a solas, igual que cuando lo está en compañía de sus amigos y seres queridos, se afana en proclamar por encima de todo que la vida le gusta, aun sabiendo que “a veces mancha y duele la vida, y uno se retira en silencio a un rincón de su desgracia a esperar que la vida amaine y se enciendan de nuevo las horas azules del gozo” (pág. 126). Nada le es ajeno al escritor donostiarra para esbozar pasajes íntimos en donde el lector también pueda reconocerse. La infancia, el hogar, los primeros escarceos amorosos, la enfermedad, los palos de la vida, la mirada al prójimo, son fuentes de provecho literario para alumbrar el paso del tiempo, poner valor al tránsito de la vida y reconciliarse con ella misma.

Autorretrato sin mí es todo una celebración, un texto con mucha densidad poética, escrito por el alma de alguien dotado de ese don especial para reverberar el sentido poético de la vida, un dietario vital por el que trascienden los asuntos esenciales y vívidos de su autor: la vocación, la identidad, la familia, el tiempo, los libros, la soledad, la memoria y la resignación por las pérdidas.

Aramburu firma la obra más poética y personal de toda su producción, un ejercicio de introspección por donde menudean secretos y secuencias vitales que nos acercan al hombre sereno y sencillo que aparenta ser y que, en verdad es, tan propenso al recogimiento como a la soledad que tanto le complace, un libro urdido con maestría bajo un lenguaje preciso, limpio y conmovedor. Bellísimo.