miércoles, 8 de junio de 2022

La lectura nos refuta


Digámoslo bien alto y sin cortapisas: a los lectores no nos gustan las islas desiertas, ni los libros únicos. Lo que nos gusta de verdad es estar en nuestro hogar, sentados en la butaca de nuestras casas, rodeados de libros y disponer de mucho tiempo, predispuestos al devenir de otro día más, de más páginas, sabiendo que cada jornada es otra nueva oportunidad para lo mismo, pero distinta. Tomar un libro en nuestras manos y seguir leyendo en el sillón o tendidos en la cama es puro regocijo para cualquier lector entusiasta, pero también es apartarse de vivir regladamente, saltarse la norma sin llamar la atención, sentirse más libre y proteico, por tanto, más vivo y versátil.

La vida tiene muchas lecturas. Todo el mundo lo dice, pero son pocos los que tratan de saberlo. Los libros nos aproximan a esa tarea. Un libro es un espacio establecido por el autor, por el que el lector transita, pero que, a su vez, se abre por donde queramos en cualquier lugar donde estemos. Nos acompaña en la mesa de trabajo, en el sillón, en la cama, en el autobús, en un banco de una plaza, en cualquier café. Siempre a nuestra disposición. Con un libro cercano, delante de nuestros ojos pasan cosas y la vida personal se convierte en mucho más de lo que acostumbramos a vivir en el día a día: se añaden anhelos, fantasía, aventuras, hallazgos y hasta se puede sentir lo inimaginable. Porque con los libros, sobre todo, se establecen complicidades, conversaciones y secretos. Ellos ponen la materia prima y el lector pone su toque personal a lo que dicen o insinúan entre líneas.

El nuevo libro del escritor y periodista Guillermo Busutil (Granada, 1961), que lleva por título Papiroflexia (Fórcola, 2022) anda repleto de motivos, guiños y finura sobre todas estas revelaciones y reconocimientos del papel extraordinario que representan los libros en la vida del lector. Busutil hila muy fino en su tentativa, y lo hace en un formato audaz y breve, como es la escritura aforística. Recurre a este género tan exigente para encontrar ese punto exacto donde encajar sus reflexiones y agudezas. Los que ya leímos su libro anterior, La cultura, querido Robinson (2019), encontramos esa jugosa simiente condensada en muchas de sus páginas sobre los libros y la lectura, bien explícita en la cita inicial de James Russell Lowell que dice así: «Los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra».

Es, eso mismo, polen, lo que discurre por aquí ahora. Papiroflexia es, en sí mismo, un manifiesto de elogio y alborozo sobre el libro y la lectura, un libro plagado de chispas, soplos y resplandores recogidos por el autor a través de su experiencia personal, evocaciones y destellos que la lectura y los libros le han producido a lo largo de su dilatada vida como lector y que le siguen produciendo con tanto reclamo y fascinación. Dice Busutil que “el lector no nace, se hace”. Libro a libro aprendemos. Leer, según nos va mostrando, es una actitud, una manera de despertar la curiosidad que proporciona motivos para el deleite y la reflexión, en esa búsqueda de reconocernos a través del pulso de la palabra escrita. Dice Busutil, también, y no le falta razón, que “leer en presente es un indicativo de cultura”.

Leemos en la contracubierta del libro que Papiroflexia no es un simple libro sobre libros: «es un juego literario de palabras con relieve de papel». Y yo también lo creo. Encontramos en él un rico pensamiento literario en torno a la lectura y los libros, un panel de savia aforística, persuasivo y fértil. Este librito, de hermosa edición, ofrece a su vez, un mapa estimulante que nos invita a leer y a fortalecer nuestra relación con los libros como algo recurrente y saludable: “Leer es un acto de amor con uno mismo”. Y por eso, el autor reivindica la función lúdica de la lectura como juego inteligente en el que quien la propicia aspira al entretenimiento, la sorpresa, el suspense y la reflexión. “Leer, carpe diem”, concluye bajo la inspiración del poeta latino.


Busutil no se limita solo a acuñar aforismos con vocación de emblemas, sino a enseñarnos con tino y picardía mucho de lo que atesora el acto de leer, todo lo que nos ofrece la compañía de los libros: “La lectura es un ejercicio de erotismo del que se entra, se sale, se prolonga y se culmina”. En Papiroflexia hay claramente un rendido amor a los libros y a la lectura, y, cómo no, a sus autores, artífices imprescindibles de esa comunión. Busutil se obliga a que todo ese engranaje que conforma el libro y su destino se ajuste con agudeza precisa en su pericia, se ciña a la condensación y al fulgor que exige el aforismo, y le dé al lector la sensación de que lo dicho tenía que expresarse así, con esas mismas palabras, en ese mismo orden y en sus distintos tiempos verbales de presente, imperativo y futuro.

Así lo aborda el autor, como piezas de un amplio mosaico en el que describir una estancia lectora duradera y jugosa. Lo dice mejor la escritora Nuria Barrios en el prólogo del libro: «Papiroflexia es un libro pequeño y, al mismo tiempo, infinito... En sus páginas hay un huerto y un parque y un jardín y un bosque y una selva». Hay todo eso que indica la poeta, y mucho amor, como también indica, a los libros, al lenguaje, a las librerías, al remanso del silencio en el que la lectura se instala. Es un libro que invita a la relectura y al subrayado.


jueves, 2 de junio de 2022

La escritura y sus abismos


La presente edición de Atila (Sloper, 2022), de Javier Serena (Pamplona, 1982) es una ocasión propicia para dar a conocer al lector, pese al vértigo y tristeza de sus páginas, los últimos años del escritor madrileño Alioscha Coll. En esta obra, Serena recrea la vida indescifrable de este autor que voluntariamente recaló en París para apartarse de su entorno, a modo de exilio, porque en esos momentos se había convertido en un ser atormentado y consumido en su tarea por acabar el libro que había empezado un par de años antes y tanto se le resistía. Eran momentos en los que Alioscha se sentía más cansado que nunca, desengañado y abatido, casi ajeno a los deseos y preocupaciones propias de su edad, pero que, sin embargo, le ofrecían argumentos y motivos para no cejar en el empeño y, así, aplacar su insaciable necesidad de escribir, motivo este que se convertiría en la última tentativa literaria de su malograda vida.

Siempre reaccionaba de la manera más extravagante: al verse solo y confundido, perdido en su distanciamiento de París, en lugar de claudicar, Alioscha optó por refugiarse todavía más en su obsesión por escribir”. Con estas palabras con las que arranca el libro, el narrador nos presenta al protagonista, un personaje de apariencia trágica y solemne que a primera vista parecía zozobrar envuelto en una silueta pensativa de rara expresión que balbuceaba frases del último capítulo de su novela, “y cuyo largo y caótico discurso de versos imposibles y párrafos carentes de sentido apenas iba a terminar unos pocos días antes de matarse”. Es intención del narrador acaparar toda nuestra atención en la figura de Alioscha, un hombre poseído por una desmedida fantasía, un hombre de exultante carácter imaginativo, volcado en una intensa labor literaria, tras la búsqueda, día y noche, de las palabras adecuadas para su obra.

La novela de Javier Serena lleva por título, a modo de homenaje, el mismo que puso Coll a su libro, publicado tras su muerte por la editorial Destino en 1991. Alioscha escribía con la credencial de asumir, sin concesiones, todos los riesgos que le fueran surgiendo en el transcurso de la creación de su obra, huyendo de cualquier facilidad y tradición formal, sin importarle la forma hermética de su apuesta. Dicen de él que ha sido el único autor de la agencia de Carmen Balcells que no alcanzó ninguna notoriedad. Sin embargo, parece que en algunos círculos literarios tuvo cierta resonancia como una figura maldita de las letras. Si curioseamos en internet, encontramos artículos de Javier Marías, Juan Cruz o Patricio Pron, entre otros, centrados en destacar su vanguardismo y escaso relieve, así como de dar cuenta de su extravagante vida. Cabe señalar que Alioscha Coll se podría inscribir en esa línea experimental del lenguaje que Joyce desplegó en su Finnegans Wake. Sostenía que «siempre hay que escribir como si no se pudiera escribir», o dicho de otra manera, como si todo el proceso de creación de una obra literaria fuera un misterio incomprensible.

Javier Marías, reconocido amigo de Coll, llegó a decir de él que era un «hombre culto y educado, de conversación quebrada y llena de pausas, pero siempre inteligente y apasionada, una de esas personas, cada vez más escasas, que se involucran en cuanto van diciendo», que su escritura era un tipo de literatura más bien «imposible», aunque también creía ver en ella un pálpito recurrente de muchas lecturas de los clásicos, con mucho talento verbal y un sentido del ritmo de primer orden. «Mi vida no tendrá ningún sentido cuando haya terminado Atila», cuentan que había dicho en varias ocasiones. Y Alioscha Coll, harto de esa insoportable levedad que le resultaba la vida, se suicidó en París en noviembre de 1990 cuando tenía 42 años.

Volviendo al libro de Javier Serena, su Atila es una fascinante biografía ficcionada que se inspira en su figura. Para él Alioscha es en sí mismo un personaje novelesco, introvertido y complejo, al que describe como “un hombre verdadero como pocos, con una mente lúcida e impenetrable al mismo tiempo, infundido de un talante tan épico que a veces parecía que viviera en la ciudad igual que si la hubiera conocido cien años atrás [...] Ya entonces era un hombre desahuciado, sin posibilidad de redención, incapaz de comprender las pasiones y las luchas del resto de la gente, con tal costumbre de pasar de una emoción a la contraria en un instante que hacía del él un ser por completo imprevisible”. Y así, sucesivamente, va esgrimiendo rasgos de su personalidad y extravagancia, de su vocación suicida, extravíos, obsesiones, desinterés familiar, de su ingenuidad y de su implacable soledad.

El libro de Serena explora todas estas vicisitudes y lo hace con soltura y desnudez. Conecta y empatiza con la manera de sentir y de comportarse su personaje, un hombre de incurables abstracciones, que en su reducto de soledad parece carecer de confines, de brújulas, de líneas de demarcación. La voz narrativa escogida para llevar a cabo esa conexión es la de un periodista de una revista cultural que es quien se ocupa de contarnos su historia. Nos acerca al personaje retratado desde su experiencia como testigo, a través de las conversaciones telefónicas que mantiene con Carlos Valls, primo de Alioscha, o desde la mera inventiva e intuición.


Atila es, por tanto, el retrato de un letraherido de espíritu romántico, inmerso en la necesidad de dejar un cierto legado de belleza, de pensamiento y de creatividad, un retrato que, además, refleja la pulsión irreductible de su protagonista, el vértigo consentido de alguien con visos de fatalidad y arrojo, que buscó con empeño su redención a través de la escritura.

Javier Serra firma un novela repleta de pasión visceral por la escritura y sus abismos, un libro que ahonda en las pequeñas y grandes interrogantes de cualquier existencia: el afecto, la vida familiar, el anhelo, el dolor y la pérdida. Es su obra de una lectura amena e intensa en su forma, y muy literaria y conmovedora en su fondo.


viernes, 20 de mayo de 2022

Una mujer enigmática


Podríamos decir, de entrada, que La muerte feliz de William Carlos Williams (Candaya, 2022) es una novela sorprendente, de paradójica belleza y pálpito lírico, que traza un viaje intenso y desafiante por la vida de la singular y enigmática artista Raquel Hobeb, madre del gran poeta modernista William Carlos Williams, hija del comerciante judío Salomón Hobeb, quien ya desde muy niña se entretenía en el colegio francés de Mayagüez con revistas de modas parisinas, soñando en convertirse en famosa pintora. Todo ese anhelo artístico, acompañado de los entresijos y secretos del núcleo familiar, conforma el pulso narrativo que traza la escritora Marta Aponte (Cayey, Puerto Rico, 1945) para llevar al lector a conocer, no solo el mundo personal y artístico de su protagonista, sino también para acercarnos a sus orígenes, ascendencia y educación y, especialmente, para contarnos la relación con ese hijo suyo, médico y poeta, que siempre anduvo alerta de sus cuidados y confidencias artísticas.

De hecho, la obra de Williams guarda una gran afinidad con la pintura, un entusiasmo trasmitido por su madre, cuyo interés mantuvo vivo toda su vida. Además Williams publicó en 1959 un libro sobre su madre bajo el título de Yes, Mrs. Williams: A Personal Récord of My Mother. Este texto propicia el interés de Marta Aponte para poner en marcha su novela, un hallazgo que le llevó a recrear la vida y el vínculo artístico de ambos, cada uno de ellos absolutamente implicado en sus resonancias identitarias y gustos personales. Al hijo le gustaba Brueghel entre los pintores mayores. A la madre le gustaban las flores y tenía predilección por la poesía idealista, “la que nos arrebata el corazón y el alma a un plano superior”. Pero le dice al hijo que su preferencia no le impide disfrutar de su poesía. Sabe que su hijo desde los primeros tiempos siempre estuvo obsesionado con su tarea como poeta, con la cuestión fundamental de intentar hallar en sus versos algo que fuera mensurable, pero que sustituyera las formas métricas clásicas fijas para construir la base de una nueva composición poética. Y es que, para Carlos, la experiencia poética verdadera no existía hasta encarnarse en el lenguaje.

Pero volviendo a ese París cultural, atravesado por la literatura, la moda y las artes, tan idealizado por Raquel Hobeb, su presencia la vamos a seguir encontrando en toda su amplitud histórica y real del momento por diferentes capítulos de la novela. Raquel llega al París de 1878, y se encuentra una ciudad esotérica y también envuelta, como ella misma, en artes espiritistas, al París de la tercera Exposición Universal, una metrópolis que todavía intenta distinguirse como referente artístico del mundo. Precisamente, esto mismo le hace recapacitar y entender que no hay manera de entender el mundo sin tomarle su medida, como así se cuenta en otro de sus capítulos. Entiende la artista que París requiere ponderar su modelo de universalidad, algo que, para ella, mujer caribeña, le impulsa a sublevarse, después de ver en Trocadero todo lo que se exponía sobre el capitalismo y sus máquinas. Tras aquella visita a la capital europea, confiesa que Nueva York ya no le impresiona. Se lo dice al marido y a su hijo Carlos tras asistir a un concierto en Carnegie Hall, “un teatrillo de mala muerte que no podía compararse con la más austera sala parisina”.

Marta Aponte adereza su imaginario trazando una narración en la que convergen distintas voces para construir una novela desde las preguntas y la memoria, desde los espacios en blanco y anhelos no explícitos de sus personajes, una manera de fijar su mirada en la forma en que nos contamos la vida de los demás y en cómo se fundan sus mitos y testimonios. En uno de los capítulos finales del libro, la narradora evoca a su abuela Fermina desgranando café en la isla y recordando el balanceo del barco en el que su hijo mayor emigrara a Nueva York, mientras que William Carlos visitaba acompañado de Ezra Pound y Marianne Moore el observatorio astronómico que dirigía el padre de Hilda Doolittle en Pennsylvania. Desvela la autora que el poeta cuenta en una carta que la biografía de Raquel reflejada en su libro Yes Mrs. Williams aspiraba a ser su obra más importante, la que mejor recogiera los recuerdos de su madre, un libro de evocaciones propias y ajenas en el que estarían presentes hasta los olores y sabores de los barrios por los que pasó su madre.


La voz y los pasos de la madre del poeta son una constante en el libro. La autora entra en su imaginario y plasma los pensamientos, vivencias y maneras de interpretar el mundo de la artista, lo que la llevará de Puerto Rico a París y luego a Nueva York y a Rutherford en New Jersey. Raquel está ahí en el meollo, testigo de todo ese ambiente, solapada con la otra historia que se entrecruza inevitablemente, la de su hijo Carlos. Por eso llama la atención el título de la novela, cuando, en verdad, quien muere con una sonrisa entre los labios es ella. Quizás Marta Aponte acreciente su enigma con ello, resaltando el valor presencial del hijo en los últimos días de la vida de su madre, a la que reconocía como una mujer de intensas inquietudes al tiempo que severa y fría.

La muerte feliz de William Carlos Williams es una novela incandescente, con aire de poema-libro y mucho material biográfico, escrita con una prosa desbordante, de ritmo intenso, que refleja el puzzle que conforma la identidad y el peregrinaje de sus protagonistas. Ahí está lo más sugerente del libro, en la resonancia de sus vínculos, pero también en ese aire poético que transita por todo el texto, un soplo narrativo sostenido en el que predomina la verdad íntima de lo vivido por dos seres conectados bajo un retrato generacional afín.


viernes, 13 de mayo de 2022

Las Galápagos, el tiempo y el amor


En cierto sentido parece que siempre andamos a solas con nuestro presente, aunque también percibimos ese hilo temporal que se estira entre lo que dejamos atrás y lo que asoma por nuestro horizonte. De manera que, como decía
Heidegger, el ser abre y conecta mundos: nunca andamos estrictamente a solas con el presente, sino siempre flanqueados por las otras dos dimensiones del tiempo. Todo indica que el tiempo si no es la sustancia misma de nuestra existencia, es su materia o elemento primordial. Por eso mismo, leemos, vemos y experimentamos que no hay antídoto más potente para sobrellevar ese tránsito por el tiempo que el amor. La importancia del amor hace valer que, incluso, desde su ausencia o pérdida, siga rondando por la cabeza de quien lo vive. Ese lazo invisible de eso que llamamos amor se deja ver en la historia de este libro, que pone sentido también a lo sustancial del tiempo, su transcurrir implacable.

En esta novela del escritor argentino Federico Jeanmaire (Baradero, 1957), de sugerente título, Darwin o el origen de la vejez (Alianza Editorial, 2022), ganadora del XXII Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, su protagonista, un hombre a punto de cumplir sesenta años, anda sumido en esa conjetura existencial en la que la pérdida del amor y el paso de los años le impulsa a hacer un viaje a un lugar lejano y apartado, con la idea de encontrarse a sí mismo y descubrir razones que conjuguen su pasado y presente debidamente, que, de alguna manera, le rescate de su doliente desazón y le anime a recobrar, al menos, otro atisbo de esperanza. Acaba de llegar a las islas Galápagos. No sabemos su nombre, pero sí que es músico y, desde luego, ha elegido visitar estas tierras, como regalo de su cumpleaños, porque también ha leído mucho a Darwin y, además, la elección del destino le vale para estar a solas, contemplar el hábitat natural, observar su comportamiento y, desde luego, recomponerse del amor no correspondido de Ruth, la joven que lo considera muy viejo para ella.

Pero claro, como todo ser de contraste, ese rechazo amoroso le empujará a sus más íntimos abismos y a replantearse todo lo que hasta ese momento creía saber de la vida. El lugar elegido le ayuda a salir a enfrentarse al mundo con ganas de interrogarlo, bajo la sombra tutelar de Darwin y sus reflexiones. Reconoce el narrador que el naturalista es un personaje contradictorio, muy creyente, pero muy consecuente y convencido en sus ideas de la evolución, alguien muy válido para el bagaje de su propia realidad que, al fin y al cabo, transita por una indagación sobre el tiempo, el espacio y la idea del amor, como juego de espejos entre lo que pensaba aquel hombre del siglo XIX y uno como él del siglo XXI, que ha pasado buena parte de su vida esperando acontecimientos: “He esperado el amor, por ejemplo. Y cada tanto, muy de vez en cuando, reconozco haberlo encontrado. No recuerdo haber intentado contar los pájaros del cielo ni recuerdo haber pretendido matarlos. Para bien o para mal, nunca me ha interesado la existencia o inexistencia de Dios. Pero sí me importó el amor. Y el mundo”.

En la novela también se aborda el envejecimiento, como así queda explícito en el título del libro, algo que, según expresa su protagonista, “uno descubre en la mirada de los otros". En su deambular por las distintas islas, acompañándose del espíritu de Darwin, toca su armónica que siempre lleva dispuesta en el bolsillo izquierdo de sus pantalones, lo hace mientras camina por senderos de lajas ocres, observando el vuelo de los pájaros. Las melodías de All my love is vain y Don´t start me talkin´, de Sonny Boy Williamson, Summertime, de George Gershwin, o What a wonderful world, de Louis Armstrong y algunas otras se van sucediendo a lo largo de sus excursiones.

Cuando regresa a la habitación de su hotel, tras esos momentos íntimos donde su identidad parece mudarse. Son sensaciones que le vienen a la memoria en sus excursiones por las islas entrelazadas con pasajes de lo que escribió su admirado Darwin en El origen de las especies. Se detiene en algunos de sus renglones, como este que señala que “tanto los animales como las plantas no se mudan de sus lugares originarios si no es por una estricta necesidad”, y deduce que, por esa razón y urgente necesidad, él mismo se encuentra allí, convencido de que un cambio de estado de ánimo podrá modificar su melancolía.


Federico Jeanmaire pone al lector frente a los mecanismos de la evolución y supervivencia con una historia íntima de un hombre con recurrentes síntomas de inconformismo, que muestra lo complicado que resulta conjugar el amor con el factor tiempo, hasta configurar un relato que toma el pulso al conocimiento de la vida, al fervor de Darwin, al desamor y a la edad de la memoria, en un intento de discernir sus ecos, entendimiento y rebeldía.

Darwin o el origen de la vejez es un libro de textura autobiográfica con aire de observatorio sentimental de la vida y sus contrastes, escrito con una prosa clara y ágil que se lee de corrido, una novela cargada de ironía y confabulada de espíritu cervantino, territorio bien conocido por su autor como gran especialista de la obra de Cervantes. Muy recomendable.


jueves, 5 de mayo de 2022

Realidad y delirio


Que la vida es una trampa, nos dice Milán Kundera, lo hemos sabido de siempre: nacemos sin haberlo pedido, encerrados en un cuerpo que no hemos elegido y destinados a morir. En compensación a esta realidad inexorable señalada por el escritor checo, el espacio del mundo nos ofrece una permanente posibilidad de evasión, de explorar la vida desde la propia inexperiencia. Se nace una sola vez, nunca se podrá empezar otra vida con las experiencias de una vida precedente. Se sale de la infancia sin saber en qué consiste la juventud, nos casamos sin saber qué es estar casado, e incluso cuando entramos en la vejez, no sabemos adónde vamos.

La escritora, crítica literaria y traductora Cristina Sánchez-Andrade, autora que ya hizo gala con anterioridad de sus excelentes dotes inventivas en novelas como Las inviernas (2014) o Alguien bajo los párpados (2017), sondea en su nuevo libro ese realismo común a todos transido de apegos, inexperiencias, anhelos y delirios, dando rienda suelta a una historia que busca dejar ver una existencia personal y colectiva por la que transcurre el enigma de un linaje de mujeres de una pequeña comunidad pesquera en un pueblo de Galicia. Por este escenario transita La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), un relato palpitante que aglutina el realismo y lo fantástico de unas vidas atravesadas por los celos, los deseos y autoengaños, pero, sobre todo, diríamos que acapara unas vidas inmersas en un ambiente quebrado de secretos y culpas.

La narración, que arranca casi por el final, cruza un buen trecho del siglo XX por medio de tres generaciones de mujeres, primero en la isla de Sálvora y luego en la aldea de Oguiño, donde subsisten supersticiones y extrañezas. La autora descorre el telón narrativo de la historia con una escena impactante en la que Cristal, una niña de trece años, consigue desbaratar el intento de asesinato de su abuela Lucha Amorodio por su abuelo Manuel, una tentativa urdida en un corazón perturbado por tantos silencios y ocultaciones, un corazón desmadejado de amor y de verdad, arruinado por secretos inconfesados. El origen del resentimiento se remonta al naufragio del vapor Santa Isabel en la bocana de Arousa en 1921 –una de las mayores tragedias que se conoce en la historia marítima de Galicia, con más de doscientos muertos–, tan solo unas horas antes de que Manuel y Lucha celebraran su boda. Las circunstancias del rescate de los supervivientes y una cierta nebulosa sobre otros sucesos acaecidos enlazan el desarrollo de la novela.

Sánchez-Andrade dispone que Lucha, la Mujer Anfibia, como así se le conoce en el lugar tras convertirse en una de las heroínas que se arrojaron al agua en tareas de salvamento, se convierta en el personaje principal que teje toda la historia. Su matrimonio es un fracaso desde el primer día y el nacimiento de su hija Purísima de la Concepción, un ser apocado y solitario, no la librará de ese sofoco que la invade inflado de melancolía y deseos. «La vida, la única que tuve, se me fue pensando en otras mejores», piensa y lamenta al tiempo que sigue en su quehacer diario de vendedora de pescado.

Otra figura, en esta ocasión extravagante, que irrumpe en la novela con aire nuevo es la del hippy Ziggy Stardust, un personaje pintoresco que afirma que puede recuperar los recuerdos borrosos de los vecinos de Oguiño gracias a la música de su tocadiscos, una atracción en el pueblo que poco a poco irá alcanzando el interés de más vecinos y al que también acudirán Lucha y Cristal. “Hay vida que no vivimos. Y la vida no vivida es una enfermedad”, se apura en decirle la abuela a la nieta tras el impacto recibido de estas palabras dichas por el hippy: “Vivimos de forma paralela dos vidas. Una es la que tenemos aquí, al alcance de la mano; la otra es la que pudo haber sido y, como no fue, pervive en forma de sueños, imágenes o incluso recuerdos”.

Lucha es una mujer valiente, que embauca, precisamente, porque vive en permanente estado de vigilia entre esos dos sentimientos antagónicos como son el amor y el odio que no escapa a la vida de cualquiera, pero que, en ella, se convierte en un afán de liberación y esperanza. Ella se alimenta de una melancolía persistente, convertida casi en su razón de ser. Vivir en el recuerdo o, en el caso de Lucha, en un momento crucial de su vida la ha marcado para el resto de sus días. Mantiene la esperanza de revivir aquel instante: el recuerdo del náufrago inglés que salvó de las aguas. No llega a reencontrarse con él porque se teme que todo el encantamiento de ese prolongado anhelo se desvanecería. A cambio, a través del recuerdo, logra mantener vívido su pasado y olvidarse de lo que la incomoda de la realidad de su existencia.


Termina uno engatusado con la escritura de Cristina Sánchez-Andrade, poseído por ese hechizo desaforado que agarra su lectura hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura, gracias al lenguaje sutil y envolvente de su prosa, y también, gracias a la verdad literaria que sustentan la esencia de sus personajes, con sus pasiones y desacatos.

La nostalgia de la Mujer Anfibio es una fascinante novela, una historia gallega de superchería y meigas, condensada en un relato prodigioso en el que la memoria y las mentiras se confabulan hasta el final, mediante el soplo mágico de sus vínculos, una historia que lleva al lector en volandas, cómplice y cautivo de la misma.


jueves, 28 de abril de 2022

Colmar lo andado


Como interludio y defensa de la soledad en que se vive, los aforismos reunidos en Caminos de intemperie (Galaxia Gutenberg, 2022), de Ramón Andrés (Pamplona, 1955), invocan y reflejan el amanecer interior de alguien que nos conduce a mirar a lo lejos, a vivir para ver al raso el discurrir del tiempo. Contienen reflexiones incómodas y valientes de lo que supone un existir autoobservado de la propia vida, del oficio de escribir, pero también de la tecnología, de la libertad y del discurrir del tiempo. Vivir para ver, para escuchar música como refugio y necesidad de huir del ruido que asfixia al mundo en que habitamos, vivir para pensar y reparar en lo andado, vivir para asombrarnos de ir más rápido que la oscuridad, son también temas candentes que transitan por estas páginas con jugosa desnudez.

En ese sentido, Caminos de intemperie conforma un breviario luminoso en el que se dibuja el trayecto intelectual de un escritor dotado para ese tránsito de desnudar la palabra y encajarla con precisión en las lindes del pensamiento aforístico, a modo de melodía, de arreglo, como si de un músico se tratara, que toca notas de lo que ha estado oyendo en su interior. Al acuñar aforismos con vocación de canto o emblema, Ramón Andrés recoge un cierto sentir de que no hay palabra superflua o sobrante que quede impune. Ayunar palabras son parte de su cultivo literario, de su pensamiento, de sus hallazgos y vislumbres, como muestran estas miniaturas: “Más fácil crear un mundo que habitarlo”; “Mirar es recolectar”; “¿Estado civil?: Náufrago”; “Cuanto más fragmentarios, más cerca de la unidad”.

Escribir es defender la soledad en que se está”, según María Zambrano. Es esa honda compañía la que sustenta el latido de la escritura del filósofo, músico y poeta que representa Ramón Andrés. Soledad y creación abren sus surcos en el sentido y pensamiento de sus aforismos. Somos muy prescindibles nos dice de alguna manera. Vivir más despacio es algo que se intercala en su escritura como fuente de sosiego y bienestar: “Busco un tejado en todo”, sostiene. Le importa detenerse en las conjeturas filosóficas de Heidegger, de Kant, de Jünger o de Nietzsche, a los que cita, pero más allá de esto, confiesa que “lo único que existe en verdad es lo que se hace en silencio”.

Ramón Andrés considera que ningún aforismo aspira a establecer una formación especial del lector no solo para apreciarlo y, a su vez, disfrutarlo, sino para conseguir en el lector una predisposición de reconocimiento de lo que en su brevedad dice y trasciende en su marco de referencia. Quiere hablarle al alma, recuperar la esencia emocional de lo espiritual, de ahí que entone sin ambages su disposición a “Fragmentarse para escribir fragmentado. No pensar en una sola dirección”. Para conjurar los grandes peligros de la abstracción, propende también al humor, que es lo que siempre nos salva de que nos tomemos demasiado en serio nuestro papel, como cuando uno se mira al espejo y, atónito ante la imagen que ve allí, solo se le ocurre tomarlo a broma. Por eso atisba que “La existencia tiene algo de venta ambulante” o que “A cierta edad la vida no tiene otro destino que la continua reconstrucción del otoño”, y hasta se atreve con una suerte de ironía a prescribir: “La mejor dieta: ayunar palabras”; “Conócete a ti mismo, pero hasta cierto punto”.

El librito, además, agavilla reflexiones subjetivas, provocadoras, algunas un poco enigmáticas, preguntas sin respuestas y secretos por descifrar de la memoria, de las naciones, el humanismo, la muerte, la conciencia o de la búsqueda del saber y el modo de acercarse al conocimiento. Eso sí, todo dicho con sutileza y sencillez, como si condescendiese a compartir su sabiduría con los menos afortunados. Pero que nadie se lleve a engaño, en realidad lo que hay en Caminos de intemperie es una desengañada exploración de algo acerca de lo cual sabemos bien poco, la vida misma, y lo poco que se sabe solo puede servir a quien la escruta y se para a pensar en ella. Digamos que aspira a una cierta complicidad moral con el lector y con la esencia de la escritura, con quienes se afanan en ese fascinante juego de las palabras en el que todos estamos metidos, intercambiando signos de inteligencia que nos rediman de nuestra ignorancia respecto a lo que hacemos o dejamos de hacer.


Confieso al final de estas impresiones y después de releer el libro de Ramón Andrés, que sigo una vez más con la misma sensación de albergar en mí un cierto arrobo de provecho, de sabiduría y gratitud tras cerrarlo. ¿Cuánto de asombro y de observación encontraremos en este nuevo libro suyo de aforismos y pensamientos? Mucho, pero mejor tomemos en consideración lo que dice el autor al final del mismo: “En este libro, nadie lo diría, no hay nostalgia, ningún anhelo de regreso, no evoca, no añora, no mira hacia atrás, no hay voluntad (ni representación); sólo se detiene como el que llega, exhausto, a una encrucijada y se sienta a descansar mientras piensa qué senda emprender. Al fin, se levanta; ve que alguien se acerca, le pregunta si el camino por el que ha venido es aconsejable. El desconocido responde: «¿Qué camino?».”


viernes, 22 de abril de 2022

Un viaje al otro lado del espejo


Así es como la escritora madrileña Nuria Barrios considera la verdadera naturaleza de su ensayo La impostora (Páginas de Espuma, 2022), obra ganadora del XIII Premio de Málaga de Ensayo, un viaje al otro lado del espejo. Lo determina con perplejidad al final del libro, sin olvidarse del vértigo que sintió con su primer texto literario a traducir, la novela Vengeance, de Benjamin Black, un vértigo que le sigue acompañando con frecuencia, consciente de que traducir un libro, o cualquier tipo de texto, viene a ser reconstruir un puzzle con las piezas de otro juego, debido también a esa transición exigente de atravesar dos espacios y que consiste en abandonar lo conocido hacia lo desconocido. Sostiene que “ser una impostora, como la traducción descubre, es parte del oficio de la vida. Cambiar, ser otras, no ser nunca la misma es mi destino. Es nuestro destino”.

Nuria Barrios ha traducido al español la obra de John Banville y también la poesía de la estadounidense Amanda Gorman. Es autora de las novelas Todo arde (2020), El alfabeto de los pájaros (2011) y Amores patológicos (1998), así como los libros de relatos Ocho centímetros (2015), El zoo sentimental (2000) y Balearia (2000), y los libros de poemas La Luz de la dinamo (2017), Nostalgia de Odiseo (2012) y El hilo de agua (2004). Apela a su andanza como escritora a la hora de abordar el sentido de su nuevo libro que subtitula Cuaderno de traducción de una escritora. Para ella, “saberse impostora es asumir como propia la lateralidad y convertirla en un ejercicio de hospitalidad”. En ese sentido, revela que la traducción le descubrió una herramienta extraordinaria de interpelar el lenguaje de manera más incisiva. Por eso mismo, considera que traducir tiene bastante correspondencia con la vida, que también es un arte de descifrar y traducir el mundo, de traducir a los otros, y traducirnos a nosotros mismos.

Este ensayo, o cuaderno de traducción, como así también lo llama, está estructurado de una manera recurrente y ligera en su extensión para establecer con el lector una confianza y una cercanía en el desarrollo, buscando complicidad. Escrito en primera persona, utiliza rasgos emotivos y elementos de la vida de la propia autora para esbozar ese andar a tientas por el terreno de la traducción, desde su experiencia de artífice en trabajar con palabras de otros que ya existen y debe respetar, estudiar, calibrar y valorar para trasladar a otro plano de la realidad lingüística. Deja dicho que la responsabilidad de quien traduce es fundamentalmente literaria y que, por eso mismo, su oficio es como el aire que lleva las palabras de una tierra a otra. Este ensayo, dice Nuria Barrios, es una exploración existencial de la lengua y su mecánica, que es nuestra casa, como también es un viaje de descubrimiento.

Y en ese discurrir, habla en un capítulo de la extrañeza, de ese exilio de la traductora hacia otra lengua para llevarla a la suya propia, un desplazamiento que deja ver cómo “lo propio se hace extraño para que lo extraño se convierta en propio”. En otros dos capítulos que pone por título En femenino, sustancia al lector con la realidad palpable de que son mujeres quienes ejercen mayoritariamente esta profesión. De ahí que hable de ellas, como también de las lectoras, refiriéndose en genérico femenino. Da cuenta también de esa invisibilidad perpetua que forma parte del oficio de la traducción. Barrios evoca la Torre de Babel y está en consonancia con lo que decía George Steiner: «Babel ha resultado ser la base misma de la creatividad humana. Lejos de ser un castigo, Babel es una bendición misteriosa e inmensa. Aprender nuevas lenguas es entrar en otros mundos nuevos».

Su condición de escritora la lleva a establecer que cada lengua es una ventana que da a un paisaje único, por eso considera que lo complicado y, a la vez, fascinante de la traducción consiste en tratar de mantener vivo el eco del idioma de origen en el idioma de destino. Nos acerca también a los que compaginaron el oficio de traductor y escritor como Nabokov, Julio Cortázar, Octavio Paz o Agota Kristof. Hay otro apartado interesante que es el que dedica a lo que ella titula Fidelidad heterodoxa, en el que la controversia está servida. Explica que depende de qué entendamos por traducción: literalidad o literatura, reproducción o interpretación. Y añade que no es fácil elegir el término que mejor sintetice el significado de la traducción, ya que una obra va siempre mucho más allá de su creador. Por eso al hablar de traducción, dice que habría que pensar en: volcar, reproducir, transferir, verter, replicar, interpretar...


En todo caso, lo fascinante del libro es que el lector sale a gusto de un viaje de exploración guiada desde el propio taller de la autora del libro, y agradecido, con algunas ideas más comprensibles acerca de este oficio invisible y tan imprescindible para nuestro interés. Qué sería de nosotros, lectores entusiastas de Coetzee, Philip Roth, Virginia Woolf o Susan Sontag sin la existencia de los traductores. La traducción es el milagro, el canal que lo hace posible, sin olvidarnos de esto que bien subraya Nuria Barrios con suma naturalidad: “Cada lengua tiene su manera de ser escrita. Un libro en dos lenguas distintas no es el mismo; son dos libros simplemente parecidos”.

Diría que La impostora es un ensayo oportuno, envolvente y original, urdido en una química narrativa que muestra el apasionamiento de una escritora por aproximarnos a ese pacto de amor, a esa levitación e impostura que supone el oficio de traductor, que no es más que trabajar sobre una obra ya hecha para el entendimiento y disfrute de los lectores.