viernes, 3 de abril de 2015

El misterio de escribir


Las historias de misterio son las más paradójicas de todas las formas literarias populares. La novela de suspense gira en torno a un asesinato, a menudo ejecutado de manera terrorífica y violenta, y aun así las leemos mayormente porque nos entretienen y nos reconfortan de los problemas y las propias agitaciones de la vida cotidiana. Su razón de ser no es más que establecer la verdad, aunque se recree en el engaño: el asesino trata de burlar al detective; el escritor se propone engañar al lector, hacerle creer que los culpables son inocentes y los inocentes sospechosos; y cuanto mejor es el engaño, más eficaz es el libro. Dicho esto, ¿cómo se escribe una novela de misterio?

“Es imposible explicar cómo se escribe un buen libro, es decir, un libro que sea ameno –afirma Patricia Highsmith–. Pero esto es lo que hace que la profesión de escritor sea animada y apasionante: la constante posibilidad de fracasar”. Con esta declaración rotunda, la escritora estadounidense (Texas, 1921 – Locarno, 1995) trata de poner claro al lector que el oficio de escribir es arduo y complejo, que no existe ningún secreto para alcanzar la gloria escribiendo, salvo la individualidad del escritor o, como subraya ella misma, la propia personalidad del autor.

El sello Círculo de Tiza rescata Suspense (Plotting and Writing Suspense Fiction), una obra publicada en 1966, donde la autora de Extraños en un tren muestra los entresijos del proceso de creación de una novela de intriga, con la advertencia meridiana para el lector de que este libro no pretende ser un manual de instrucciones, sino que va por la onda del ensayo y la reflexión personal sobre el arte de escribir ficción de una de las escritoras más grande de la novela negra. A lo largo de sus páginas nos muestra sus obervaciones y recomendaciones, nos enseña su cocina literaria y expone los ingredientes utilizados en la elaboración narrativa, extraídos de sus propios logros y fracasos.

Para esta escritora sesuda y meticulosa, todos los libros de suspense encierran un secreto que el lector debe descubrir: la conclusión de la historia, algo sobre lo que ya había insistido anteriormente E.M. Forster en su libro Aspectos de la novela (1927). Quizá, en este caso, el británico sea más genérico, pero igual de afinado cuando habla del arma del suspense: “a todos nosotros nos pasa como al marido de Sherezade: queremos saber lo que ocurre después. Esto es universal, y es la razón por la que el hilo conductor de una novela ha de ser una historia”.

Lo que encontramos en el interior de Suspense es toda una reflexión sobre la narrativa de misterio, una oportunidad de conocer la médula ósea de esta artista de la intriga y la novela negra a través de su universo literario y de sus convicciones sobre el proceso creativo de la ficción. Patricia Higsmith disecciona los secretos de su oficio, cultivado a lo largo de su carrera, y desvela el modus operandi del que se vale para montar una historia, sin pretender adoctrinar al intrépido que desee probar suerte a escribir un relato, porque “es imposible explicar cómo se escribe un buen libro...” De este libro me gusta cuando la autora confiesa que escribir es un juego y, como todo el mundo sabe (así lo da por hecho la escritora tejana) es necesario que en ningún momento su ejercicio deje de divertir a quien lo lleve a cabo, porque, si no lo hace, cómo se las apañará el escritor para hacerlo con los editores y los lectores.

Suspense es un libro entretenido y sorprendente para lectores curiosos pero, sobre todo, es una buena guía, una especie de brújula para no perder el norte a la hora de escribir una novela o, al menos, como indica su autora en el prólogo, “que ayude a los que deseen escribir a percatarse de lo que ya llevan dentro de sí”. No olvidemos, nos viene a recordar familiarmente la americana, que los artistas han existido y persistido desde mucho antes de que la humanidad soñara con organizar la vida de sus congéneres.

martes, 31 de marzo de 2015

El lector leído


Manuel Díaz Soto

Cuando, tras una crítica positiva, se compra una novela y gusta, uno agradece haber sido bien orientado, se siente reconfortado ante una buena inversión de tiempo y por qué no, económica.

Pues bien, en el caso de esta novela corta, decidí adquirirla sin el menor influjo crítico, si exceptuamos la reseña de la solapa y me he sentido gratamente sorprendido. Con carácter retroactivo me he entretenido en obtener mayor información sobre el autor y observo que mi elección a ciegas ha sido una apuesta a ganador.

Jean Paul Didierlaurent, autor francés nacido en 1962, con esta su primera novela, ha conseguido triunfar tanto en ventas como en crítica, algo no muy habitual. Aunque ya obtuvo dos premios Hemingway de relatos, puede decirse que ha sido con esta sorprendente novela corta cuando ha dado un salto cualitativo en su carrera. El lector, al concluirla, queda con la sensación de haber saboreado una copa de buen vino.

El protagonista de El lector del tren de las 6.27 (Seix Barral, 2015) es una persona normal, con una carga-retruécano en su nombre y apellido, lector apasionado, paradójicamente es el encargado de poner en marcha y limpiar una infernal máquina destructora de libros (La Cosa); las escasas páginas que escapan a la masacre destructora son atesoradas y leídas en voz alta por el protagonista a los pasajeros del tren de cercanías que toma a diario para acudir a su trabajo. La obra se acelera con el hallazgo casual de un pendrive que incluye un particular diario escrito por una mujer desconocida durante su poco atractiva jornada laboral y cuyas reflexiones serán incorporadas por el protagonista en su performance del tren.

Son pocos los “actores secundarios” que aparecen, pero todos ellos con una impronta especial que los hace importantes. Entre ellos, un jefe despreciable, un vigilante que declama alejandrinos, un antiguo compañero de trabajo que intenta recuperar de un modo sui generis sus piernas trituradas por la máquina tragalibros, un pez rojo, dos hermanas octogenarias admiradoras del lector del tren y como estrella invitada, Julie, la propietaria del pendrive perdido y que, por sí sola, merecería una novela independiente.

Si debemos citar algún elemento discordante, ajeno al traductor, citamos la dificultad de trasladar el retruécano que supone nombre y apellido al lector castellano. Y si acaso, y esto es una apreciación puramente personal y discutible, el título del libro es demasiado explícito y puede restar algo de sorpresa.

martes, 24 de marzo de 2015

Sentirse extranjera


Le debo a Óscar López, conductor del programa cultural Página2 de TVE, el hallazgo de este pequeño gran libro de Agota Kristof (Csikvánd, Hungría, 1935 – Neuchâtel, Suiza, 2011), una historia de desarraigo y superación personal que reflexiona sobre el lenguaje y la identidad. La analfabeta (Alpha Decay, 2015) es un título ácido e irónico que cuenta, con una prosa directa, las vicisitudes de una mujer, hija del maestro del pueblo, que leía todo lo que caía en sus manos y que contrajo (según confiesa en el relato) la incurable enfermedad de la lectura desde muy niña. Luego, al abandonar su país y su lengua amada, deberá comenzar a expresarse en un nuevo idioma sin sentirlo como suyo.

La analfabeta es precisamente el testimonio de una mujer apasionada por la literatura y el lenguaje, truncada por la dificultad y el trauma sobrevenido al tener que hacerlo en una lengua extranjera. Como bien apunta Nadal Suau en el prólogo de esta edición, el libro de Kristof es un testimonio primero de vida, luego literario. Y es que la escritora húngara es capaz de impactarnos hasta conseguir que nos dobleguemos ante su discurso utilizando esa simbiosis de vida y literatura, en apenas treinta y cinco páginas memorables, sin que nada parezca sentimental ni pretencioso pero, en cambio, resulte desgarrador para el lector, gracias a su prosa sencilla y desnuda, capaz de conmovernos en tan solo once breves capítulos. Son once momentos de la vida de la autora que transitan por distintas secuencias de un exilio obligado. En este relato autobiográfico aparecen estampas de una existencia arriesgada e intensa que transcurren desde una infancia feliz, hasta la superación de una posguerra cruel, pasando por años de soledad en un internado, la pobreza y el definitivo exilio a Suiza con un bebé a cuestas. Tenía treinta años cuando atravesó la frontera con su marido y su niña recién nacida. Agota Kristoff llegó a pie al corazón de Europa, huyendo del hostigamiento ruso. Se instaló en Neuchâtel, en la parte francófona suiza, en un pequeño apartamento. Allí se colocó en una fábrica de relojes. Se levantaba de madrugada para ir a trabajar durante interminables horas, repitiendo los mismos movimientos mecánicos para ensamblar aquellos pequeños aparatos del tiempo. Esa monotonía cansina le ayudaría a componer poemas que después transcribía en casa.

La magia de la literatura no escoge ningún formato ni extensión alguna para sorprendernos, incluso en la estrechez de un relato breve cabe toda una vida y,  aunque parezcan pocas páginas, son las suficientes y esclarecedoras para esbozar la vida entera de una mujer. En este minúsculo y hermoso libro se plasman, no sólo los momentos vitales de una escritora empujada a emprender una nueva vida en otro país, sino además su perfil literario, con un estilo minimalista y claro, desde la verdad y la desnudez del lenguaje.

La analfabeta es un relato fragmentario, una recopilación sin artilugios, un testimonio honesto y sentido sobre los estragos del destierro, la pérdida de la identidad y el extrañamiento; un texto impresionante y desgarrador, que conmueve. En sus entrañas se vierten los sentimientos de lo que sucede al ser humano cuando deja atrás a sus seres queridos, cuando el paisaje y el idioma cambian y ya no conoce a nadie, los vecinos le resultan extraños e insignificantes y tendrá que sobrellevar demasiado tiempo la inquietud y la desconfianza de éstos.

Al cerrar el libro, uno tiene la sensación de haber leído un relato demoledor, pero hermoso, que invita a nuevas lecturas gracias a su indiscutible hipnotismo y escritura reflexiva sobre la suerte corrida por su narradora y otros compatriotas, que tuvieron que elegir el exilio a la cárcel del régimen soviético. Su voz nada tiene de moralizante, solo piensa en cumplir el destino histórico de contar el suceso con la fuerza viva de la palabra y la amargura de sobreponerse a la dificultad de otro idioma.

En suma, el libro de Agota Kristof es un texto duro y brillante que ofrece una inmejorable oportunidad de conocer el alma sincera de esta escritora valiente.

viernes, 20 de marzo de 2015

La muerte juega a los dados, Dios no


Pedro Valverde Caramés

Que “Dios no juega a los dados” es una celebrada sentencia del físico Albert Einstein con la que expresaba la perplejidad que le producían los descubrimientos, que se estaban produciendo en su época, en el campo de la microfísica. Aquellos asombrosos hallazgos, a los que él había contribuido decisivamente, violentaban la interpretación clásica de la realidad y sus categorías de pensamiento (Weltanschauung) y ello irritaba profundamente al padre de la Relatividad.

La cita anterior procede aquí, no sólo por su parecido con el título del último libro de Clara Obligado (Buenos Aires, 1950), sino también porque perplejidad es lo que puede experimentar el lector cuando tras finalizar la lectura de un primer capítulo de factura clásica, en la línea del arranque de una novela de género policiaco, aborde el segundo, tan radicalmente diferente. Avisado queda.

Sobre una estructura de relatos de extensiones diferentes y temáticas variables, unos sobrios en su realismo, otros abiertamente imaginativos, incluso delirantes, la autora cimenta una novela que desgrana la historia de una saga familiar a lo largo de las décadas y en cuyo seno late el misterio de un asesinato nunca resuelto. Pero también se cuentan otras historias cuya ligazón con la trama general es, en general, menos evidente, más sutil; así, aparecen revoluciones, guerras, persecuciones, en las que diferentes personajes entran en escena, sorprenden al lector y salen para acaso no volver. Es como si la autora quisiera recordarnos que siempre suceden infinidad de cosas en paralelo a la acción principal y que, en última instancia, ésta lo es porque quien escribe decide significar unos sucesos, singularizándolos, sobre otros muchos.

Clara Obligado apuesta fuerte por un experimento literario que rompe moldes y categorías, y que traspasa esos compartimientos estancos en los que la literatura, por tradición o por desidia, o por falta imaginación, se estructura a sí misma: novela larga o corta, cuento, microrrelato, biografía…

Decía Borges, en una conferencia sobre el género policiaco dada en 1977 que “los géneros literarios dependen menos de los textos que del modo en que éstos son leídos”, es decir, que no hay una esencia de los textos ni de los géneros, sino que sólo hay modos de leer. Eso mismo es lo que la autora le propone al lector, que lea en clave abierta y que la acompañe en un juego que va más allá de los cánones al uso. Es lo que ella define como literatura mestiza o de entrevero, como la llamaría yo.

Por otra parte, si hay algo que uno imagina en este libro es que Clara ha tenido que disfrutar construyéndolo; imaginando las historias, corrigiéndolas, dibujando en su mente personajes (tan) singulares, sincronizando las piezas que  componen trama y urdimbre hasta ajustar, en una labor de bordado meticuloso, este peculiar artefacto literario. Y esto es algo que a mí, personalmente, me gusta de ella: su enfoque natural, nada afectado y casi lúdico del hecho de escribir, alejado de esa visión entre dolorosa y traumática con la que otros muchos confiesan abordar la escritura. Será porque, como ella misma dice tantas veces, piensa en lo que va a escribir mientras prepara la cena.

En mi opinión, desvelar más sobre La muerte juega a los dados (Páginas de espuma, 2015) supondría dar demasiadas pistas a un futuro lector y con ello privarle del asombro de acercarse a esta apuesta radical. Dejemos pues que quien no lo haya leído se aproxime a este libro con el derecho a la extrañeza intacto y que juzgue, a fin de cuentas el lector es siempre soberano.

martes, 17 de marzo de 2015

El secreto de escribir


Hace unos años, Antonio Muñoz Molina escribió en Babelia (El País) un interesante artículo que hablaba sobre los escritores y el talento narrativo. Guardé un tiempo el texto completo porque contenía una recomendación literaria que me resultó atractiva. Me refiero a On Writing (2000), un libro sobre el oficio de escribir en el que su autor, el escritor norteamericano Stephen King (Portland, Maine, 1947), afirmaba dos cosas sorprendentes: que grandes cantidades de personas están dotadas para contar buenas historias y que la razón de una gran parte de la mala escritura es el miedo. He tenido que esperar un tiempo hasta que ha vuelto a aparecer en Debolsillo una nueva edición de este extraordinario libro, bajo la excelente traducción de Jofre Homedes Beutnagel, que por aquel entonces andaba descatalogado.

Mientras escribo (2014) es un ensayo en el que King se aferra al amor por la escritura, amor a los libros, al lenguaje, a las historias en definitiva. Para él, el arte de contar historias es un oficio que requiere tesón y algunas herramientas imprescindibles, como la lectura, el lenguaje, la reescritura y la imaginación. No es cuestión de lo que esa caja de herramientas, aludida por el estadounidense, tenga, sino de cómo la usas, nos dice. Uno, que conoce a este maestro indiscutible de la narrativa del terror gracias a novelas como Carrie, La zona muerta o Misery, lo que descubre en el libro Mientras escribo es, en realidad, la cocina literaria de King, la trastienda de su proceso creativo, los entresijos de su oficio, una oportunidad también de conocer los inicios de su vocación y las vicisitudes literarias atravesadas por el escritor para componer su extensa obra, amén de una autobiografía abundante que nos desvela algunas claves de su éxito.

Como digo, en este ensayo, Stephen King nos cuenta su iniciación a la vida literaria, cómo se hizo escritor. El libro arranca con los primeros atisbos literarios suyos. King vivió una niñez entrañable, pero con serias dificultades. El padre abandonó a su familia cuando el pequeño Stephen tenía dos años de edad. La madre tuvo que apañárselas con muchas estrecheces para sacar adelante a sus dos hijos. Más adelante el adolescente Stephen se aficionó a las películas de terror y empezó a publicar sus primeros relatos en revistas juveniles y literarias. En la universidad conoció a la joven que sería su esposa, Tabhita, además de correctora y primera lectora de sus novelas. Después llegó el éxito, y el alcohol y las drogas también hicieron su aparición. Mientras escribo finaliza con el relato más conmovedor del libro. Sucedió una noche del verano de 2000 cuando paseaba por la carretera cerca de su casa. King fue embestido por un coche. Aquel aparatoso accidente de tráfico casi le cuesta la vida, pero el afán y la necesidad de seguir escribiendo le permitió recuperarse felizmente y salir del aquel doloroso estado.

La parte autobiográfica del libro es, sin duda, sustanciosa y emocionante. A todo lector curioso le gusta indagar en la privacidad de los escritores y, en este libro, el propio autor desvela hechos ocurridos en su vida que marcaron su carrera literaria y dieron un giro a su existencia. Sin embargo, lo mejor de Mientras escribo está precisamente en lo que le aporta al lector sobre el trabajo de escribir, sobre la formación del escritor. Para cualquier escritor incipiente o curtido, el libro de King es un auténtico laboratorio literario, un extraordinario manual de escritura, como lo es enteramente para todo lector inquieto y avezado; un texto formidable, escrito con frescura y desenfado. Para el novelista de Portland, la tarea del escritor consiste en contar una historia seductora que sale de una idea, un fósil (como a él le gusta apuntar) que hay que descubrir y desenterrar como origen de lo que va a ocurrir. A partir de aquí –subraya– y si se hace bien el trabajo siguiente, podría llegar el éxito.

Stephen King ha escrito un libro absorbente y ameno, lleno de vivencias y sabiduría acerca de la vocación literaria. Mientras escribo es un texto práctico y útil para todo aficionado a la buena literatura, una tratado personal sobre la escritura y el lenguaje de un autor de bestsellers que nos desvela el secreto de escribir.

viernes, 13 de marzo de 2015

Memoria sumergida


Corría el año 1960 cuando salió a subasta pública la construcción del pantano del Porma, ubicado en las estribaciones de la cornisa cantábrica, en los valles más ricos y bellos de la montaña norte de León. En otoño de 1968 quedaron para siempre sepultadas bajo sus aguas ocho aldeas, con sus valles, ríos, calles y casas. Todas ellas configuraban el término municipal de Vegamián. Sus habitantes, tras el pago de míseras expropiaciones, fueron obligados a emigrar a diferentes lugares, arrastrando un destierro doloroso y cruel. Han pasado muchos años, pero todo sigue estando vivo en la memoria de aquellas pobres gentes, de manera que el recuerdo de sus aldeas solo se extinguirá cuando ellos dejen de existir.

La nueva novela de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara, 2015), regresa al lugar de estos hechos. Se trata de un relato coral no exento de nostalgia y melancolía sobre la historia de una vasta familia cuyos personajes proceden de Ferreras, una de las aldeas sepultadas, que fueron los últimos habitantes en salir de la zona anegada a causa de la construcción de la presa. Todos sus miembros se reúnen a orillas del pantano que inundó su aldea para esparcir las cenizas del abuelo, siguiendo la voluntad del difunto. Dice el escritor leonés que ésta es su obra más personal, que se la debía a sí mismo, una historia que lleva sobre sus espaldas demasiado tiempo, que se remonta a una época imborrable de su memoria en la que varios pueblos leoneses, entre ellos el suyo, Vegamían, quedaron sumergidos para siempre por la acción directa del hombre, sin consideración alguna hacia las familias afectadas que tuvieron que abandonar aquel valle para vivir penosamente lejos, en la llanura palentina, realojadas en un secarral donde antes se extendía una laguna.

Llamazares ha querido juntar tres generaciones para poner diferentes voces a su narración: los dos abuelos, sus hijos e hijas, acompañados de sus respectivas parejas, y los nietos, dieciséis miembros, cada uno de ellos perteneciente a distintos gremios y profesión. Todos ellos hablan del lugar y rememoran la figura del abuelo sin cambiar el tono ni el estilo. Ese mismo hilo narrativo consigue con plenitud la resonancia sombría que transita por todo el texto. Lo que le importa al autor es, precisamente, esa manera matizada de mirar con que cada personaje aborda el pasado (de ahí el título del libro), de cómo expresar el recuerdo de sus vivencias y sentimientos, según la edad que tenían cuando fueron obligados a salir de su tierra y de las consecuencias personales tan desiguales que se derivaron de esta situación dramática para cada uno de ellos. Entre las confesiones y perspectivas de unos y de otros, el relato sigue su curso a orillas del embalse, el único escenario donde se desarrolla la trama. Allí mismo todos evocarán la figura del abuelo, epicentro sobre el que gira la novela, y la tierra de entonces, sepultada bajo la laguna artificial. La novela concluye con dos epílogos que tienen su contrapunto: un automovilista que pasa por el lugar en aquel momento y no conoce nada de lo que allí sucede, anecdóticamente solo aprecia como rareza el que un grupo de turistas se pararan a contemplar el pantano, y, para situarnos literariamente, la cita extraída de Volverás a Región, del escritor e ingeniero Juan Benet, autor material de las conflictivas obras del pantano.

Distintas formas de mirar el agua es una novela hermosa e implacable sobre el desarraigo y el destierro, un relato intenso con resonancias a tragedia griega. Llamazares regresa a su lugar de origen para revivir un hecho histórico que cambió el destino de muchas pobres familias y se vale para ello de esta novela breve y sobria que urde en el pasado y el olvido de sus víctimas.

Una vez más, da la impresión de que la ingeniería cambia el paisaje antes que la literatura, pero al leer este libro tan emotivo y tan empapado de melancolía, el lector tiene la certeza de que la mano del hombre puede modificar un escenario, sin embargo, los lazos vitales, movidos por la literatura desde la memoria colectiva, tienen más alcance que la ciencia y perduran durante más tiempo en la conciencia de los pueblos, aunque sea una pesadilla como ésta.

martes, 10 de marzo de 2015

Archivos insubordinados


No me suelo perder los artículos que Enrique Vila-Matas publica en El País. Bajo el epígrafe de Café Perec, su columna es un lugar por donde desfilan, mayormente, libros y autores de una estirpe egregia que despiertan mi curiosidad, los tengo en cuenta y rara vez me decepcionan. Dentro de esta franja literaria por donde transita el escritor barcelonés, descubrí hace algunos años los Diarios de Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946), una voz asombrosa e inteligente que el autor de El mal de Montano elogiaba vivamente y situaba en la senda de otros grandes diaristas como Pla, Renard o Ribeyro.

Acabo de leer de un tirón la nueva entrega de los Diarios de este extraño neoyorquino de sangre vasca, que se considera donostiarra, afincado en Bilbao y asiduo de las playas de Benidorm. En este volumen abarca el período de 2008 al 2010, publicado, como los que le precedieron, en la misma editorial, Pepitas de calabaza, un sello independiente establecido en Logroño, dirigido por Julián Lacalle desde hace más de quince años. Con este tercer volumen, Uriarte cierra un ciclo de más de diez años de apuntes personales que giran en torno a reflexiones vitales, filosóficas y literarias. Parece que su propósito es seguir escribiendo estos cuadernos que le entretienen y calman sus días pero que, como asegura en una entrevista de El Correo Vasco, no volverá a publicar ningún volumen más.

Escritor tardío, Iñaki Uriarte comenzó a redactar estos Diarios en 1999, a sus 52 años de edad y los terminó cuando ya contaba 64. En esta última entrega de sus apuntes hay indicios que auguran cuáles son las intenciones del autor sobre el hecho de continuar publicando más de lo mismo en distintos momentos del libro: Yo estoy seguro de que ahora escribo menos páginas en estos archivos porque tengo galería (pág. 9)... Llevo diez años con este diario. Hay días en que pienso que podría dejarlo, pero creo que se ha convertido en una adicción (pág. 47). En cualquier caso, Uriarte seguirá entrando en sus archivos de forma habitual, porque como dice al final del libro, él se va más contento a la cama si ha apuntado en cualquier sitio cosas suyas.

El tercer libro no es mejor que sus anteriores, eso habría roto el hechizo. Es igual a los otros, sobresaliente, como ellos, con el mismo tono, pero distintas reflexiones en años diferentes. En este volumen, Uriarte se afana en los temas de sus obras precedentes y el lector se siente continuador de las historias de su gato Borges, de más citas de su admirado Montaigne, de reflexiones en los veranos de Benidorm y de su vuelta a releer a los clásicos. Pero lo más significativo de este formidable diarista es que posee una escritura alejada de hojarasca y retahila, que se divierte con citas escogidas y certeras de autores que respeta: Cioran, Borges, Pascal, Sánchez Ferlosio, Kafka, además del más grande, el autor de Los ensayos, su preferido. En los Diarios de Iñaki Uriarte, muchas de sus entradas tienen simientes metafísicas, pero sin enredos especulativos. En otras, hay mucho canto a la libertad, a la ociosidad, a la vida, sin arrugarse, sabedor de que: Al escribir un diario ya es una hazaña salir vivo de él (pág. 60). El resultado de estos apuntes es que conforman una obra fragmentaria amena y profunda, repleta de citas y anécdotas, rica en aforismos y con mucha ironía concisa; un texto que transmite el modo de ser elegante y liberal de su autor, un hombre que trata de huir de lo trascendental, sobre todo si se refiere al valor sagrado del trabajo.

Los Diarios de Uriarte, en sus tres volúmenes, resultan un conjunto de textos extraordinarios, escritos en una prosa pulida y depurada, una obra llena de talento y sutileza que relaja e invita una y otra vez a nuevas lecturas.

En suma, estos archivos de Iñaki Uriarte, como a él le gusta llamarlos, son un monólogo insubordinado e imprescindible para todo lector amante de los diarios y para aquellos otros que busquen recogimiento y sabiduría.