domingo, 17 de marzo de 2013

Here and Now


Bajo este título original, Paul Auster (Nueva Jersey 1947) y J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) nos ofrecen una recopilación sugerente de correspondencia. Estos grandes novelistas forman un lugar preferente entre mis lecturas. Paul y John mantienen una relación epistolar para hablar de aspectos variopintos del mundo en que viven: política, cultura, deporte, cine, relaciones humanas, nuevas tecnologías, el futuro del libro...

En Aquí y Ahora, una edición conjunta de Anagrama y Random House, despejamos incógnitas sobre las coincidencias y divergencias de estos dos amigos por medio de un diálogo fluido con vocación de proyectarse a la conciencia universal. En una de ellas Auster afirma que “la suprema ficción de nuestro tiempo es el dinero”, y desvela una confidencia de su suegro que afirmaba que “en el mundo hay dos clases de personas: las que trabajan para ganar dinero y las que hacen que el dinero trabaje para ellos”. Sobre la creación literaria Coetzee le dice al americano: “Somos pocos los que escribimos novelas, pero la mayoría de nosotros, de un modo u otro, terminamos generando descendencia, y entonces la ley nos obliga a ponerles nombres a nuestros descendientes”.

Hablan de Beckett, de Philip Roth, de los judíos y los palestinos, y también de deportes: del béisbol, del fútbol y de lecturas: “¿no es la lectura el arte de ver cosas por uno mismo, de invocar imágenes en la propia mente? ¿Y lo bonito de leer no es acaso el silencio que te rodea cuando te sumerges en la historia, el eco de la voz del autor resonando en tu interior hasta excluir todos los demás sonidos?” , dice Paul Auster. En otra de las cartas afirma que “cada mente produce de continuo sus propias imágenes”. Por eso cada lector recrea una lectura diferente a cualquier otro que lea el mismo libro.

En estas cartas fechadas entre 2008 y 2011 encontramos reflexiones y anécdotas curiosas de estos colosos de la novela. Entretenida miscelánea de temas tratados esquemáticamente, pero muy interesantes. El sudafricano pregunta más que responde, pero sus cuestiones iluminan la correspondencia. En cambio, el neoyorquino es más arrojadizo y nostálgico en sus reflexiones. El resultado final es un cóctel de honestidad y esperanzas.