jueves, 14 de marzo de 2013

Visiones extrañadas



Estuve todo el fin de semana trabajando en la tarea que la profesora de escritura creativa nos encomendó a los nuevos. El trabajo consistía en escribir un relato de visiones extrañadas. A mí me pareció muy apropiado cuando entendí su significado y me dije: ¡Coño! Ahora resulta que los fenómenos que me pasan a diario se llaman ”visiones extrañadas”. ¡Bueno, bueno, lo que uno aprende descubriendo lo que sabe!

Bien, como decía, estuve trabajando en un relato erótico que no se porqué había derivado hacia el género del misterio. Tampoco es raro que el sexo y el misterio se anuden. Es más, la Antropología siempre los vinculó, de ahí que a veces el misterio nos excite y el sexo nos intrigue. El caso es que, dejando atrás esta incursión humanística , llegué a la última frase de mi historia, le puse el punto final y, en vista del objetivo alcanzado, dejé el texto sobre la mesa y me fui a dar una vuelta. El punto final es como el equipaje que tiras sobre la cama al llegar a un hotel: se deshace mucho mejor al volver del paseo.

Regresé al cabo de una hora y, al coger el relato para revisar el desenlace, advertí turbado que no estaba el punto final. Había desaparecido. Lo busqué por cada esquina del manuscrito como se busca una maleta extraviada en la terminal de un aeropuerto y no lo encontré. Esa noche dormí a sobresaltos; en algún momento de mi duermevela pensé que el punto final se me había colado dentro de mí y que circulaba en el torrente sanguíneo entre el plasma y las plaquetas, buscando el órgano de mi cuerpo con menos defensa para impactar. Por la mañana, al prepararme el desayuno, creí verlo sobre la encimera de la cocina, pero al ir a cogerlo reparé que se trataba de una mota de pan tostado. 

Al rato, me llamaron los compañeros urgiéndome para que presentara el cuento, sólo faltaba el mío. La ansiedad se apoderó de mí y dudaba si lo entregaba sin ultimar, de manera que ante la premura que se me venía encima revisé de nuevo el manuscrito minuciosamente. En esto entró mi hermana en el cuarto y, mientras hablábamos de asuntos intranscendentes, me pareció ver el punto final del relato en su cuello, justo debajo del lóbulo de la oreja izquierda. Esa noche, cuando estaba dormida, entré en su estancia con una linterna para inspeccionar su cuello y comprobé para mi sorpresa que la mácula tenía la misma estampa que mi punto final. Me excité con tal hallazgo y, cuando traté de prenderlo provisto de unas pinzas, advertí que en realidad se trataba de un minúsculo orificio. Me asomé a él con sigilo, como al microscopio de un laboratorio, y descubrí un desenlace perfecto para mi relato erótico o de misterio; lo malo es que aquel punto final del cuento fue también el punto final de mi cordura.