lunes, 29 de abril de 2019

La familia y sus demonios


En todas las familias hay mentiras, y también en el amor y en la amistad, entre otras cosas porque para convivir es necesario que cada cual tenga sus secretos […], y es que en gran parte somos nuestros secretos. El perro su pan escondido, el pájaro su nido, el zorro su cubil, el cura los pecados de sus feligreses, el mandatario los secretos de Estado, los enamorados el trémulo fervor de sus miradas a hurtadillas de los demás. No hay nadie que no se lleve un secreto a la tumba, y no hay mayor gloria para un secreto que morir sin haber sido desvelado”.

Cuando destacamos algunos subrayados de una obra leída, como este que antecede, sacado de la nueva novela de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), Lluvia fina (Tusquets, 2019), marcamos sus epifanías y las señales que despiertan nuestro interés y curiosidad por razones diversas. Nos dan suficientes motivos para pensar en nuestra propia existencia, los justos para no dejar de seguir leyendo, como si se tratara de un viaje sentimental en el tiempo, y de paso, sentirnos próximos al narrador de la historia que nos confía sus secretos y revelaciones de los personajes que viven dentro de ella, gente extraña y, a su vez, muy parecida al mundo que nos rodea. Toda esta pulsión que nos llega, tanto por las palabras, como por las voces y silencios de sus protagonistas, a muchos nos produce un arrebato estimulante que nos obliga a tener bien afilado el lápiz. De alguna manera, en los buenos libros leídos siempre queda el rastro de lo que fuimos.

La escritura de novelas, ese género tan híbrido y excitante, es un arte muy difícil. De hecho, hay tantos detalles que pueden dar al traste con cada una de ellas, que es portentoso que existan tantos libros que han salido airosos en su primera tentativa. Landero es un maestro en ello, un escritor que se dio a conocer con Juegos de la edad tardía (1989), un libro memorable, al que siguieron Caballeros de fortuna (1994), Absolución (2010) y otras novelas como El balcón en invierno (2014) o La vida negociable (2017). Landero es un nombre importante de nuestra narrativa actual, no solo por la destreza y gracia de su escritura, sino por ese don de saber organizar la narración con perspicacia. De la misma manera que para surcar el mar se precisa saber remar, gobernar la embarcación y llevar el timón es algo fundamental, trasladado al arte de novelar es, precisamente ese engranaje lo que da sentido y valor a lo que se concibe como literatura de calidad y, a la vez, de entretenimiento.

Lluvia fina continúa por esa senda tan habitual en Landero. Se trata de una novela trepidante y sombría en la que una reunión familiar que discurre con aparente calma verse alterada hasta convertirse en un río desbordado. ¿Se puede hablar de todo entre los seres queridos? Esta es la pregunta clave que sostiene toda la trama de esta historia familiar. Ningún relato es inocente, y mucho menos todo lo que se cuenta y se esconde en el seno del hogar. Aurora, la esposa de Gabriel, es la narradora de esta novela, conforma el punto de vista y el espejo donde se paran los personajes para hablar de ellos y de los otros, la receptora de sus confidencias y discursos. Será ella el cauce involuntario de una familia donde unos se culpan a otros de sus frustraciones vitales hasta desembocar en un final ominoso de fatales consecuencias. Ellas es la que los escucha.

Gabriel, el hijo más joven de la familia es el que sigue teniendo una buena relación con la madre, y se empeña en reunir a todos para celebrar su octogésimo cumpleaños, invitando a Sonia y Andrea, sus dos hermanas con sus respectivas parejas, con la idea de recomponer sus relaciones que han estado enquistadas durante décadas. En las confesiones que van surgiendo, el lector asiste a un escenario familiar en el que se entrecruzan historias que se desmienten entre sí, y que, a su vez, conforman el hilo de Ariadna por donde cada uno cuenta al interlocutor lo que sabe del otro hasta desmadejar sus resentimientos y frustraciones, provocando que la conversación termine en reproches que nunca se habían echado en cara

Lo que el hermano presuponía de ensayo propicio para limar asperezas, se convertirá en un destrozo familiar inadvertido, en el que todos pondrán de su parte hasta la estampida final en la que cada uno se marcha sin haber limado las asperezas que lo habían mantenido distanciados: una madre autoritaria, empecinada y cruel; una hermana, Andrea, desquiciada por la envidia y el fracaso; otra, Sonia, sobreviviendo al drama de su destino; y desde luego, Gabriel, tan irrelevante e infantil como egoísta.

Cada uno de ellos conforma la historia familiar conjunta, como un palímpsesto, compuesto de capas de narraciones y segundas narraciones por donde todos vierten, polarizan y versionan la verdad de sus vidas. Todos están ahí con sus razones y discordias, y la presencia de cada uno refleja algún resquemor hacia el otro. Todos andan necesitados de un interlocutor para destapar la verdad oculta, el drama de una familia desavenida y maltrecha.

Lluvia fina es otra admirable novela de Landero, un libro que ahonda en el vínculo familiar, ese que aparentemente nunca o casi nunca desaparece en nuestras vidas, al que todos estamos obligados a proteger, pero que, en este caso, al final salta por los aires. Queda una sensación sombría de advertencia final, mediante la que se deduce que siempre es más conveniente no decir todo lo que pensamos de los demás, ya que, en cualquier hogar, la discreción es la única salvaguarda de la convivencia, y la mejor manera de cohesionar la familia se halla más en los silencios que en las conversaciones. Quizás sea así.


martes, 23 de abril de 2019

El futuro es el mismo para todos


Escribir sonetos en la poesía de hoy es una rareza. Dicen los poetas que está pasado de moda, y es que, ajustarse a las exigencias técnicas a las que obliga el soneto clásico, requiere de una madurez y de un constante esfuerzo que no todos los que escriben poesía logran salir airosos de tamaño empeño. El soneto es como la piedra angular en la que descansa gran parte de nuestra poesía desde que Boscán y Garcilaso lo introdujeran con éxito en nuestra literatura bajo el soplo influyente de Petrarca. Lo han cultivado con solvencia poetas contemporáneos tan dispares como Gerardo Diego, Rafael Alberti, Lorca, Miguel Hernández con su libro El rayo que no cesa, y en las obras de la generación de la posguerra hasta Blas de Otero, Ángel González o Carlos Edmundo de Ory que lo hicieron con fervor y espíritu renovado.

Hoy traemos a esta bitácora de lecturas el último libro del poeta y traductor Juan José Vélez Otero (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1957), Pasmo (Valparaiso, 2019), con prólogo de Luis Alberto de Cuenca en el que nos confiesa que contiene “cuarenta y cinco sonetos de forja impecable, sin una sola alteración silábica ni rítmica. Una de esas escasas series de sonetos a los que no puede ponerse pega formal alguna”. Que lo diga un poeta como él, que también ha practicado con notoriedad esta variante rítmica, pone en alza la arquitectura del poemario y su valía.

En ese desafío compositivo, Vélez Otero ha querido reconducir su modo de percibir el mundo acotándolo en una partitura en la que su pauta rítmica se despliegue bajo el endecasílabo para mayor significancia y brillo. Cada poeta tiene un recorrido propio y, aunque los recorridos son infinitos, el lector percibe que este libro del poeta gaditano encuentra esa forma particular de manifestar su vivencia personal de la realidad que le inquieta en un conjunto poético en el que el formato elegido, se adecua a ese ritmo deseado y persuasivo que encaje palabra con palabra y enlace sonido con sonido, y alumbrar con maestría el soneto capaz de trasmitir lo indecible.

El libro viene dividido en tres secciones. En la primera, que consta de catorce sonetos, el poeta nos habla desde la madurez y nos va mostrando las consecuencias del paso del tiempo: “Murió la vida y anda entre reflejos / buscando explicación inexplicable; / vivió la muerte, deuda inacabable, / saludando a la dicha desde lejos”. Y amplía en los versos que siguen: “Este hombre sin dónde ni sin cuándo, / extranjero en sí mismo y de la vida, / anda mordido, sin saber, buscando / al otro que perdió.” Y en otro pasaje el sujeto lírico reflexiona: “... la ciudad / ha cambiado; también yo con la edad / veo todo más triste y amarillo.” Y como consecuencia, alimentan su quehacer poético la pérdida de la ilusión, la desesperanza: “Hundidos los cimientos, no sostengo / ni porvenir ni ayer, y en el presente / se me pudre la historia, la simiente / de la ilusión que tuve y ya no tengo.”

En la segunda parte los sonetos miran más a los placeres cotidianos y sus paradojas, al amor, el desamor, el malestar de una gripe, el gozo de oír música, la soledad: “Me gustas como el aire, como el vino, / lo mismo que me gustan los pasteles...” Podríamos decir que el sujeto poético se convierte en algo más carnal, más humano: “Ah, de tu boca, amor, y no respondes / ah, de tu boca roja rosa esquiva...” La edad que todo lo muda inexorablemente: “Perdí mi tren y tengo ya cincuenta / cincuenta primaveras bien cumplidas; /.../ El chicle de mi edad no sabe a menta, / más bien sabe a alcanfor. /.../ La luz de la ilusión duerme al sereno; / también te fuiste tú. No me dejaste / ni un vaso en que beberme mi veneno.” Aquí la ironía es un arma de la que se valen sus versos para mostrarnos un alejamiento que le permite distanciarse de sus tribulaciones.

En la tercera parte resuena ese pulsar del tiempo: “Tic-tac, tic-tac, tic-tac, era la vida...”, en el que está presente el desengaño, pero también los gozos de una infancia que se fue con sus días felices. El sujeto lírico se siente perdido y se busca, pero no encuentra respuestas a la sinrazón de la vida y le pregunta a dios: “¿Y a Ti quién te pidió que me nacieras?” para decir más adelante: “Estás, no des más vueltas atrapado, / no existe solución, eres humano.” En esta parte el poeta recurre a la contemplación de algunas fotos de otras épocas de su vida pasada para contrastar aquellos momentos que congeló la imagen con la cruda realidad del momento en que vive. En esta ocasión su decir es más existencialista, ha perdido, en cierta medida, el tono irónico que le servía como máscara y se acerca de frente a una verdad con la que no está de acuerdo, pero que asume como inevitable y, a su vez, le permite sobrellevar su día a día.

Pasmo en su conjunto es un poemario muy humano y nada condescendiente ni apacible. Sus sonetos reverberan crudeza y nostalgia, apelan a la reflexión sin omitir las pérdidas y angosturas de la vida, pero con la dignidad, conciencia y cordura de cincelar una verdad esencial que transcurre por todo el libro: el paso del tiempo, un mismo devenir para todos. Y lo mejor del libro es que nos hace pensar y, al mismo tiempo, se deja leer con gusto, desde esa claridad con que se nos muestra lo sincero, lo abierto a la verdad.


miércoles, 10 de abril de 2019

La escritura y la vida


Como el protagonista de mi novela anterior, me sentaba a escribir delante de unas imágenes. En El instante del peligro, Martín escribía sobre una sombra inmóvil proyectada sobre un muro, unas imágenes del pasado. Ahora yo me encontraba también ante unas sombras del pasado. Ecos y fantasmas de un tiempo que se había ido”, nos cuenta el narrador de El dolor de los demás (2018) que más adelante percibe cómo la mirada del pasado es capaz de transformar el presente: “Viajar en el tiempo siempre modifica las cosas”.

¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? Una buena pregunta para la que Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi (2015) tiene esta respuesta: “Un escritor se autodesigna, se autopropone”. Se trata, según él, de una construcción deliberada. “No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor”. Escribir cambia sobre todo el modo de leer los libros y la vida, nos viene a decir Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), dando crédito a lo que el escritor argentino otorga a su oficio de empeño, decisión y contingencias que empujan y determinan el modo en que el escritor llega a ser, se reconoce y se da a conocer.

Lo que se cuenta en Aquí y ahora (Fórcola, 2019), su nuevo libro, está fechado entre julio de 2016 y mayo de 2017, implementado con un epílogo que titula El sentido de un final, escrito entre julio de 2017 y Enero 2019, es todo un acontecer sucesivo de escritura, desde el propio hecho de vivir, leer, viajar, noches de farra, amor e insomnio a través de un diario ágil y desbordante, escrito en segunda persona, como ya experimentó en sus dos anteriores entregas, Presente continuo (2016) y Diario de Ithaca (2016), pero que en esta ocasión, matiza su autor en el prólogo, surgió por una especie de pulsión de escribir todo lo que le llevó a documentar sus iniciativas e indagaciones en el propio proceso de creación de su novela, El dolor de los demás, en la que estaba inmerso. Por lo que la novela en proceso y el diario en marcha se han abastecido entre sí, hasta el punto de formar parte de un mismo proyecto literario, “un continuum entre ambos libros”, en palabras de Hernández.

El lector asiste a un streptease de alguien que cuenta con soltura episodios de una vida, la suya y la de los demás. Pero en este caso, el autor también nos aproxima a la desnudez de su escritura y a los entresijos del proceso creativo compartido con los que, por alguna razón, saben en lo que anda metido. Y en toda esa desazón de conseguir un estado mental para armar la novela que lleva entre manos, tiene sentido recurrir a lo que nos decía el recién desaparecido Ferlosio: “tanto si funda su argumento en sucedidos como si los inventa, la representación narrativa tendrá siempre idéntico carácter de ficción”. Desde luego, Hernández no se aparta de ese apunte ferlosiano. Descubrimos en su diario que escribir una novela es un ejercicio de incertidumbre y misterio. Tampoco es esquivo a revelarnos el secreto de su creación literaria y sus efectos colaterales, secreto que no es otro que insistir en extraer palabras de ese fondo silencioso en el que la ficción es ineludible.

Escribir siempre cambia la realidad”, leemos en una de las entradas del libro. Y lo justifica con algo que al lector le consuela: “El autor nunca se puede quitar de en medio... El autor no puede esconderse. La vida propia afecta al modo en que percibimos el mundo”. En Aquí y Ahora se entrevé esa poética en la que también está presente el significado de lo que el tiempo aporta a la escritura y de lo que el tiempo da a la vida. En estos diarios la escritura fluye en un tiempo continuo que viene del pasado con aspiración de futuro. El presente de estos textos conforma esa realización del futuro: su novela en curso. Y esa es la verdadera razón de ser de este diario: el tiempo de la vida que encarna su proceso y la necesidad de escribir.

Este es un libro pleno de literatura, un festín jugoso donde se comparte no solo el vértigo de escribir, sino también el de disfrutar de libros y autores. “Los libros no son inocuos –escribe en otra de sus entradas–, actúan en la realidad”. Por aquí están presentes Vila-Matas, Carrère, dos novelistas por los que Hernández siente admiración, como también lo hace por Chirbes y muchos otros. Su caudal lector es inagotable. Sabe que leer aproxima a esa verdad literaria que encierra la existencia: “la vida, sin duda, tiene la estructura de la ficción”, y que resulta tan necesaria para seguir escribiendo.

No me importa repetirme, y lo digo a boca llena: Miguel Ángel Hernández pertenece a ese grupo selecto de escritores españoles que gozan de esa voz propia y arriesgada que tanto gusta a los lectores exigentes, esa que se encuentra en la senda de la literatura de calidad, esa que compagina escritura con verdad y vida.


sábado, 6 de abril de 2019

Todo es un decir


El pensamiento breve y, por ende, el aforismo es un género milenario que nació con algo de estatuto, de código o, incluso, de principio. Lo podemos comprobar en las máximas, sentencias y proverbios que ya comenzaron a proliferar en la época clásica de la mano de filósofos griegos y latinos. Ha conservado desde sus orígenes la naturaleza instructiva propia de una escritura deontológica, proclive tanto a la descripción como a la prescripción de normas y reglas, y nunca ha dejado de tener cultivadores a lo largo de la historia de la literatura. El aforismo contemporáneo está alejado en cierta medida del tono grandilocuente, didáctico y moralista de etapas anteriores. Pero conviene resaltar que, aunque ha virado, el compromiso con la reflexión y la verdad, más el añadido del humor, permanecen, siguen estando en su esencia. En definitiva, como afirman algunas voces acreditadas, el aforismo es un género fronterizo entre la poesía y la filosofía.

La publicación de Suma breve (Trea, 2018) viene a constatar no solo el argumento que precede, sino que su autor, Miguel Catalán (Valencia, 1958), escritor y doctor en filosofía con una tesis sobre el pragmatismo clásico, pertenece a esa estirpe de hombres de hoy con el espejo retrovisor bien colocado sobre ese pensamiento clásico que se sustenta en la concentración conceptual. Entre su obra literaria destacan las colecciones de aforismos y textos breves, ahora reunidos en este volumen reciente que abarca toda su producción desde 2001 a 2018, y, por otra parte, un amplio tratado sobre el engaño, la impostura y la mentira titulado Seudología, del cual, y hasta el momento, se ha publicado nueve volúmenes, acreedores de distintos premios de ensayo.

Los enunciados breves de los que se ocupa esta reseña comprenden un mosaico de andanzas y paradojas, textos bienhumorados que comparten estancia con desolaciones. En su mayoría son textos reflexivos y filosóficos extraídos de la realidad cotidiana y de propios pareceres del autor, que corresponden a un hombre atento al devenir de los días por donde transcurre la paradoja y la perplejidad de esto que llamamos vida. Sobre la misma base que decía Unamuno, “nada más fecundo que lo paradójico”, Catalán escruta sus breverías, y vuelve a reforzar la misma idea, apoyándose en esta otra de Oscar Wilde: “El camino de las paradojas es el camino de la verdad”.

Podemos afirmar que ante tanta confluencia terminológica y tanto bucle semántico en torno al aforismo, Catalán se enfrenta a esta abundancia formal a través de la paradoja, un campo que encaja con su manera de entender el mundo y este género literario que para nada se acomoda en un concepto unívoco, y menos cuando se viene a interpretar lo que se cuece en el interior de uno mismo y en el acontecer de las cosas, como se aprecia en este ejemplo: “Hace poco acepté esa creencia tan extendida de que no conviene hacerse demasiadas ilusiones. Ahora solo me falta acertar con la dosis”. O en este otro: “Ya está todo escrito, pero de otra manera”. Tampoco desaprovecha añadir a sus textos más descriptivos la sorpresa de un atisbo risueño, de una dosis de humor: “Siempre fue una mujer coqueta. Se estuvo quitando años hasta llegar a los ochenta; a partir de entonces, empezó a añadírselos”.

En cuanto a su composición, Catalán no se priva de ensanchar el corsé de lo sucinto que encierra el aforismo. En su confección, cuando es preciso, se amplifica y es, por tanto, la amplitud del pensamiento la que determina su margen, y no al revés. A veces, con una sola línea es suficiente, pero en otras muchas, el párrafo se constituye en elemento defensivo y de ataque. Para él, el aforismo no es solo un relámpago o un dardo, también puede ser un trueno extensivo o un juego de razones y perplejidades, lo que en un campo de batalla sería fuego a discreción.

En Suma breve lo mismo encontramos sutilezas, esbozos o sarcasmos como este: “En los buenos tiempos soy epicúreo, en los malos, estoicos”, que amplitud regocijantes en sus reflexiones. Una enorme variedad de registros en un constante batir de alas. Sus aforismos comparten un núcleo ético y existencial que se hacen presentes en casi todas sus epifanías. Todas, bajo el amplio paño que otorga la paradoja, como impulsión del lugar común, nos viene a decir José Montoya Sáenz en el brillante prólogo del libro. La paradoja que se aviene a examinar lo que sucede con las cosas de la vida y sus contradicciones, de las que todo sujeto, como aprendiz permanente de la vida, no se libra.

En este compendio aforístico, todo es un decir, un aire de pensamientos y contrasentidos que van implícitos en esa “quemante luz de verdad” de la que habla su autor, por donde se entrecruzan ingenio y deber, recogimiento y ventanas al mundo, certezas y equívocos, lumbres, consuelo y delicias, con mucho humor y sentido crítico. Miguel Catalán firma un gran libro que depara una fecunda y gozosa lectura.

martes, 2 de abril de 2019

Los vencedores de la Bastilla


La Bastilla, símbolo de la autoridad arbitraria de la monarquía absoluta, era una poderosa fortaleza que dominaba los barrios populares del este de París. En su origen se construyó como una fortaleza contra los ingleses durante la Guerra de los Cien Años, pero Richelieu la convirtió en prisión del Estado. Por su calabozos pasaron algún tiempo importantes figuras de las letras, como Voltaire, el marqués de Sade o Diderot. Pero, el 14 de julio de 1789 la ciudadela cambiaría de sino cuando una multitud de trabajadores parisinos, enardecidos y armados con palos, garrotes, sables, mosquetes, arcabuces y pistolas, asaltaron aquel emblemático bastión. A partir de ahí todo daría paso a un giro radical del curso de la Historia en la lucha por los derechos y la libertad de la humanidad.

Se acaba de publicar 14 de julio (Tusquets, 2019), de Éric Vuillard (Lyon, 1968), un libro escrito con anterioridad a El orden del día (2018), la apasionante novela galardonada con el prestigioso Premio Goncourt 2017. En esta de ahora, el escritor francés refleja, desde una perspectiva nueva, aquel hecho histórico crucial iniciado con la toma de la Bastilla para focalizar, por medio de una vibrante y apasionada crónica, el desarrollo del levantamiento y el papel y suerte que desempeñaron sus protagonistas de a pie, representados por una ciudadanía anónima y hambrienta, sublevada contra el poder establecido y dispuesta a acabar con él, harta ya de tantas calamidades y abusos.

Vuillard se adentra, valiéndose de la turba, para contarnos en dieciocho capítulos todos los detalles que se fueron sucediendo en aquella amarga jornada y, a su vez, tan llena de grandes esperanzas. Previamente repara en un hecho determinante sucedido en las postrimerías del Antiguo Régimen, una noche del 23 de abril de 1789, cuando los obreros se rebelan contra Réveillon y Henriot, magnates del papel pintado y de la sal, respectivamente, que anunciaron recortar aún más el salario mínimo, quemando dos monigotes, que representaban a ambos empresarios, delante del ayuntamiento. Fue suficiente para caldear los ánimos y, a partir de ahí, una turbamulta de miles de hombres, mujeres y niños saquearon mansiones y palacios. La guardia cargó contra ellos y decenas de muertos llenaron la calle.

Pero esto no es todo, en el capítulo siguiente, el autor recoge la situación económica del país y sus cuentas bajo el mandato de Necker que supervisaba el Tesoro: “Así, durante todo el periodo que precede a la Revolución, se asiste a curiosos tejemanejes sobre los fondos del Estado. La deuda pública no deja de aumentar y el pueblo pasa hambre. Se especula en la bolsa con los préstamos. Francia se halla casi en bancarrota”. La debacle, por tanto, estaba cantada y el pueblo enfurecido se encamina con lo que encuentra a su paso hacia la fortaleza de la Bastilla, símbolo del poder absolutista y despótico. Los manifestantes exaltados llegan a las Tullerías. La guardia recibe órdenes de aporrear a todo el que se cruce. La gente para defenderse improvisa barricadas con piedras y sillas.

La noche previa al asalto nadie dormía en París: “La noche del 13 de julio de 1789 fue larga, larguísima, una de la más larga de todos los tiempos. Nadie pudo dormir. En torno al Louvre deambulaban pequeños grupos, mudos, acechando siniestramente. Las tabernas no cerraban. En los muelles, durante toda la noche peregrinaron seres solitarios, extrañas sombras. Hacía un calor achicharrante, no había modo de conciliar el sueño; fuera la gente buscaba un poco de viento, un poco de aire”. Y así hasta la mañana, la multitud se va espesando y cada vez es más compacta. El bullicio es ya imparable. Hacia el bastión enfilan tenderos, vagabundos, taberneros, obreros y aprendices en pos de conquista. Es el pueblo el que avanza.

Vuillard se hace eco de estos hechos, se convierte en cronista de a pie, y lo hace con una prosa punzante y vívida, con un fraseo ágil, acorde con lo que acontece. Todo se sucede y se abre camino a golpe de efectos superando todos los contratiempos. No hay nada que pare esta impronta, ni nadie que la dirija. Es la ciudad de París la protagonista y hacedora de la rebelión en marcha. Y eso el lector lo percibe. Se impregna de esta épica urbana que llena sus páginas, de su plasticidad, de sus correrías y desmanes.

14 de julio, como dice su autor, es “una bifurcación de la historia en un momento trascendental” y en el que ningún personaje del relato está inventado, sino sacado de los archivos de la ciudad, por lo que el escritor es fiel con la intra-historia de tanta gente anónima, reescribiendo lo que sus habitantes, de manera colectiva, dejaron ya escrito para la posteridad y mayor gloria de París.

Este es un libro intenso y veraz, escrito con esa pulsión literaria que lo convierte en vibrante y que tanto nos gusta a los que nos acercamos a la Historia con discreción.

martes, 26 de marzo de 2019

Escoger cómo vivir


La lección que se extrae de las enseñanzas de los filósofos es que la felicidad, en efecto, es el mayor bien, pero un bien que exige esfuerzo, paciencia, perseverancia y tiempo. Por eso hay que insistir en que la felicidad es, más que nada, una búsqueda. No es una tarea fácil ni una especie de destino que nos aguarda y llegará inevitablemente […] La felicidad es la búsqueda de la mejor vida que está a nuestro alcance”. En estas líneas se encierra el núcleo del contenido de La búsqueda de la felicidad (Arpa, 2019), el nuevo libro de Victoria Camps (Barcelona, 1941), filósofa, articulista, catedrática de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro actual del Consejo de Estado.

Camps se ha centrado mucho últimamente en abordar los sentimientos como factor importante en la toma de decisiones del ser humano, tratando de aminorar esa visión del hombre como un ser muy marcado por lo racional que echa a un lado los dictados del corazón. Esa visión del ser, requiere para ella un enfoque, no únicamente como un ser racional sino teniendo en cuenta su dependencia como ser emocional. Además de estos estudios, son muchos los grandes temas filosóficos que la catedrática barcelonesa ha tratado en libros y revistas a lo largo de su dilatada carrera, desde el interés por la religión, la filosofía del lenguaje y todas las vertientes de la ética, hasta la utilidad de la filosofía para aprender a dudar y, en definitiva, para aprender a vivir.

Ahora, con La búsqueda de la felicidad, rescata un asunto milenario sobre el que los filósofos griegos pensaron con mucha insistencia. Para ellos, la palabra que con más exactitud expresaba el concepto de felicidad era eudaimonía, que quiere decir buen destino, buena suerte, que viene a determinar el sentido y el fin de la existencia. De esta idea parte este ensayo, pero lo que se destaca es cómo la vida, con sus contratiempos pequeños, medianos y realmente grandes, que surgen a cualquier hora del día, con esa manera de aparecer y pillarnos desprevenidos, frustrando cualquier planificación, lleva de manera clara su sello argumentativo de algo de lo que ya no deberíamos apartar nuestras ganas, aunque resulte difícil, de manejarnos en esa aspiración de saber escoger cómo vivir.

¿Cómo es posible que no nos hayamos percatado antes de ello y no nos hayamos dejado convencer de que la vida está ahí para disfrutarla con agradecimiento y que el hombre existe para ser feliz? Antes bien, nos viene a decir, estos percances se presentan como algo destinado a despertarnos y asumir que la vida es una acumulación de tareas por resolver. Subraya Camps que “hoy corresponde a los poderes públicos de los estados de derecho esforzarse en poner las condiciones que hagan posible para todo individuo la felicidad”. Y añade inmediatamente que llegar a ella requiere una cierta actitud; podría ser inútil si uno no sabe aprovechar la oportunidad. El arte de vivir, nos dice, es un aprendizaje. Supone aceptar que somos seres limitados, “que somos contingentes”, que no todo depende de nosotros, y, por tanto, que el devenir es incierto.

Esa es la razón que está en el centro de estas páginas: ¿cómo se consigue una vida feliz? ¿A qué es necesario renunciar para alcanzarla? ¿Qué hay que cambiar de nuestra conciencia individual para ponernos en el camino? Camps recuerda que la búsqueda de la felicidad es una empresa individual y que no es un estereotipo universal aplicable a todas las personas. Sin embargo, insiste en que el estado del bienestar tiene que estar por la labor de propiciar la mejora social para que el individuo salga de esa precariedad que le produce angustia y, en consecuencia, debe poner en marcha las medidas para que este pueda llevar una vida propia que le permita que ese deseo de vivir felizmente no se desvanezca.

Cita a Aristóteles, a Montaigne, a Séneca, a Cicerón, a Nietzsche, y a otros muchos ilustres escritores que, a pesar de haber sido desgraciados, fueron hombres en pos de la felicidad, pensadores sabios que asumían que la realidad es a veces un cúmulo de desgracias a las que no nos queda más remedio que afrontar con dignidad. Todos llegan a una misma conclusión: en la vida hay cosas cuyo cambio depende de nosotros y otras que no. Para saber afrontar esta evidencia, acude la autora a esa idea de Spinoza de perseverar en el ser, dar de sí todo lo que se puede para lograr alegría, el gozo sostenido de vivir y no cesar en el empeño.

La búsqueda de la felicidad es un ensayo bien armado de argumentos, un texto breve y jugoso, expositivamente claro y al alcance del lector de a pie, escrito con sencillez y destreza en el que se nos viene a decir que esa idea de anhelo de felicidad consiste, básicamente, en saber escoger el sentido que le demos a la vida. Y a lo que muchos filósofos dijeron al respecto, como que, en ese camino de libertad, la amistad es fundamental y la educación es prioritaria. Victoria Camps añade la cultura, como verdadera autoayuda y esperanza. Para no perdérselo.


sábado, 23 de marzo de 2019

La velocidad de las cosas


Fangio sugiere que ganar es más que un mero asunto de velocidad, que ser veloz es más que un mero asunto de velocidad. Que la clave reside, ante todo, en el arte de elegir los momentos de lentitud y la menor lentitud para cada uno de ellos. Como si el rol de un piloto no consistiese en saber cuándo puede pisar el acelerador, sino al revés: cuándo y cuánto es necesario y útil dejar de pisarlo. Una velocidad ideal, construida y salvaguardada por medio de reticencias, por obra de sabias desaceleraciones”. Así refiere el joven narrador de Faster (Impedimenta, 2019), la nueva novela de Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964), cómo Juan Manuel Fangio, el gran mito de Fórmula 1, ganador de cinco títulos mundiales, encendía el motor de sus recuerdos y narraba sus sensaciones a bordo de su monoplaza.

Correr es la vida. Todo lo que sucede antes o después no es más que esperar”, cuenta más adelante el narrador esto que bien podría haber salido de la boca del campeón argentino, pero que, en verdad, fue dicho por Steve McQueen en la película Le Mans del año 1971, un guion que se inspira en la legendaria carrera de resistencia 24 Horas de Le Mans, para desvelarnos que mucho de lo que encierra esta novela breve no es más que un compendio de recuerdos fugaces y vivencias de la memoria, en la que el tiempo no es elástico pero el recuerdo sí que lo es, y la velocidad de las cosas no hacen más que dar prueba de ello.

Todo lo que impulsa al narrador de este entretenidísimo relato es el recuerdo de una tarde azarosa en la que él y su amigo Fernán, dos chicos de apenas catorce años, se proponen crear una revista y lanzarla con un primer número en el que incluirían una entrevista con el gran Fangio, una leyenda viva de las cuatro ruedas, cuya figura, incluso, en su retiro siguió agigantándose. Ese día ambos colegas van a su encuentro al concesionario de coches que regentaba. Esta iniciativa dará pie, no solo a forjar la vocación periodística de ambos, sino también a estrechar la amistad de uno con el otro. Ambos son entusiastas de los Beatles, y, en especial, de George Harrison, gran apasionado a los coches y fan del corredor Emerson Fittipaldi.

Con estas mimbres, Berti nos entrega una novela plena de emoción bajo el hilo conductor de aquella incipiente revista que, al cabo del tiempo, rescatada de la buhardilla del narrador, nos llevará a los años juveniles de Fangio, que marcarían su apego e ilusión por los motores: “Yo, a los quince años, era prácticamente un mecánico. Era ajustador de autos. Y desde los diez u once años iba al taller, después de la escuela, a limpiar piezas y cosas por el estilo. Como me gustaba mucho todo eso, fui aprendiendo cada vez más. No había libros en esos tiempos y todo era práctica”.

Y mientras se sucede la entrevista y se desvelan las sensaciones del viento en carrera, la llegada a la meta y el recuerdo de otros grandes corredores, la presencia de George Harrison se hace hueco en el relato, cuando se evoca sin nombrarlo a Ronnie Peterson, piloto sueco fallecido en Monza en 1978, al que el cantante inglés, al año siguiente, le dedicó su canción Faster y que Berti toma para poner título a su historia nacida de aquel viejo episodio juvenil en el que el autor y un amigo procedieron a jugar a periodistas.

Por la novela transcurre una atmósfera que mezcla, sin estridencias, lo sentimental y lo nostálgico que se intercalan entre las revelaciones del corredor y las confidencias que el narrador va soltando de su amigo Fernán y algunos miembros de su familia. El relato va alternando fragmentos de la vida del mítico campeón de automovilismo y las inquietudes de estos dos aprendices de periodistas que vienen a confluir en la paradoja inexorable del paso del tiempo, como la velocidad de un bólido en un circuito.

Faster se presenta bajo ese prisma metafórico, como si después de un acelerón en recta diera paso a una curva que requiere quitar el pie y pisar el freno. Transita por ese juego narrativo de giros al pasado y vueltas al presente, como los coches que compiten en carrera, pasando una y otra vez por línea de meta. La novela va girando, como lo hace un vinilo y las ruedas de un monoplaza, sin salirse del surco ni de la trazada, de tal manera que permite que el lector se acople en la trama del relato con suma facilidad y frescura, aleccionado por las palabras del narrador que le advierte que en esta historia “lo fundamental es cierto, los detalles son inventados”.

Llegados a este punto final, diremos que Berti vuelve de nuevo a hablarnos de la vida y de los afectos por medio de dos de sus temas favoritos: la auto-ficción y la memoria, y lo hace con esta hermosa novela, ligera e intensa, con tanto vuelo, como pausa, que acredita su imaginación y valía.